sábado, 14 de mayo de 2011

pag. 82 a 93


Creo que mi abuelo Rafael tenía alrededor de setenta años cuando un día anunció:
- No me quiero morir sin aprender a manejar.
Mi padre, que era quién más le llevaba el apunte, primero se escandalizó, pero luego, sabedor de que mi abuelo había salido a nosotros, es decir testarudo, tuvo que sucumbir a la realidad y comenzar a buscarle un vehículo apropiado. Eligió un Jeep Ika de chasis largo. En el taller de la fábrica se le alargaron todos los pedales para que los alcanzara; recuérdese que mi abuelo, además de ser bajo por naturaleza, ya lo era por su edad. A último momento, a mi papá le pareció que el freno todavía estaba corto y le atornilló encima un taco de madera. Y entonces comenzaron las clases de manejo. Mi papá era el instructor de vuelo y nosotros los inconscientes que nos subíamos detrás para pasear un poco desafiando el peligro.
En la playa de la fábrica, donde durante la temporada de verano se secaba la fruta, se le construyó una pista que reconstruía las dificultades que mi abuelo encontraría en las calles. Allí, con la ayuda de Dante Dipablo, capataz del aserradero, lo hacíamos estacionar marcha atrás entre pilas de cajones puestas a una distancia razonable y se le controlaba que antes de pasar por los “cruces de calles” tocara la bocina. Aprendió perfectamente y jamás chocó. Eso sí, el que le tocaba circular detrás tenía que tener paciencia, mi abuelo andaba lento pero seguro. Mejor dicho, al revés, seguro pero lento.

Entre otras actividades de los domingos y ya dentro de la etapa en que los varones descubrimos que las niñas, bien miradas, no eran tan aburridas como parecían, estaba la salida de misa. Todas las chicas lindas, como guiadas por una acuerdo secreto, iban a misa el domingo a la mañana. Nosotros ya apuntábamos a ser los sátrapas que luego fuimos y mirábamos la iglesia con desconfianza y desde la vereda de enfrente. Sin embargo esa misa nos interesaba y esperábamos esa salida a las once de la mañana, sentados en los asientos de la plaza. Cuando esas chicas, tan hermosas y almidonadas, pasaban a nuestro lado, (la mayoría de las veces, ignorándonos como si fuéramos árboles o estatuas) tomábamos la bicicleta, recorríamos una o dos cuadras por el centro y nos ubicábamos a charlar casualmente en una esquina donde ellas debían pasar. Si nuevamente nuestros encantos pasaban inadvertidos, insistíamos una o dos veces más antes de irnos a almorzar, a veces llevándonos una mirada y una sonrisa, a veces un saludo, y la mayoría de las veces tan sólo un sueño que valía la pena seguir soñando una semana más.
Una cosa similar ocurría los domingos a la tardecita cuando comenzaba a tocar la banda en la plaza. Era la retreta, último rezago de una costumbre pueblerina que ha retornado en los últimos años, aunque sin la expectativa que recuerdo. Era una oportunidad única, tanto para adultos como para niños, de verse, encontrarse y/o conocerse. Todo con el fondo musical de la banda, basado en instrumentos de viento y de percusión. Si le prestábamos atención al repertorio, todos lo domingos nos sorprendían con algo nuevo. Siempre era un tema de moda o fácil de reconocer por la gente. El escenario que usaban era un sector de la plaza, casi siempre frente a la municipalidad. Pero toda la plaza se llenaba de gente que caminaba o permanecía sentada charlando y escuchando. Sobre la Avenida Alvear había quienes se estacionaban y permanecían dentro de sus vehículos, con las puertas abiertas, si hacía mucho calor, tomando mate y hasta cenando allí mismo. Y ahí andábamos nosotros, correteando, pisando sectores donde no había que pisar, jugando a la mancha, a la escondida o a la librada en toda la extensión de la plaza. Hasta que pasaba alguna carita distinta y digna de un poco de atención, que tampoco va a ser todo juego en la vida, ¿no?
En ese caso el juego se calmaba y la atención derivaba hacia otros rumbos. De todos modos, jugando o soñando, terminábamos ese día cansadísimos y a la mañana siguiente nos costaba levantarnos para recomenzar la rutina del estudio.

Hay una anécdota, ocurrida cuando yo tendría unos doce años, que ha permanecido nítida a lo largo de toda mi vida. Y es, como todas las cosas que merecen recordarse, una anécdota graciosa.
Fue en una cacería de vizcachas. Ya adelanté en alguna parte que cuando éramos niños nuestra labor en ese tipo de salidas era ir juntando los animales que los mayores cazaban. En esas oportunidades, cuando alguna vizcacha quedaba viva, la rematábamos de un garrotazo en la cabeza. El palo que usábamos era uno que sacábamos de la leña que habíamos llevado o que encontrábamos en el mismo campo. Una tarde en que nos habían adelantado temprano que por la noche nos llevarían a cazar vizcachas, con mi hermano Héctor decidimos preparar nuestras propias armas para rematar esas todavía supuestas vizcachas moribundas. Nos hicimos unos garrotes que, aparte de ser largos y pesados, tenían clavos y tornillos en la punta, como habíamos visto en las revistas. (Para los que la recuerdan, la punta del palo parecía la cabeza del muñeco que hacía la propaganda de Geniol.)
Al atardecer, ya en la zona de Soitué, donde haríamos la cacería, pasamos a buscar a un hombre del lugar que conocía dónde estaban las vizcacheras más pobladas. El hombre traía una escopetita de un caño y subió junto a nosotros en la parte de atrás de la camioneta. Estaba haciendo bastante frío, esas cacerías se hacen en pleno invierno. Cuando llegamos a un lugar determinado, el hombre nos indicó que nos detuviéramos e hiciéramos silencio. Aunque todavía no había anochecido, él sabía que los vizcachones suelen salir temprano a recorrer los alrededores. Se bajó solo y se dirigió a donde sabía que había cuevas. Yo me bajé detrás y lo seguí, armado de mi garrote. El hombre, con sonidos de su boca, imitaba los gruñidos de las vizcachas. Lo hacía tan bien que éstas, entre las altas pichanas, le contestaban y así se iba guiando hasta tenerlas cerca. De pronto apuntó y tiró. Corrió y levantó del suelo un vizcachón bastante grande. ¡Y aún estaba vivo! ¡Era la oportunidad que esperaba para inaugurar mi garrote!
- Téngalo que lo remato - le dije, preparándome como hacen los golfistas, con el palo en lo alto.
El vizcachón me miró y debe haber adivinado mis malas intenciones, porque a último momento movió la cabeza y esquivó el garrotazo. Con los ojos muy abiertos y sin poder evitarlo, vi como la punta del pesado palo, con los clavos y tornillos que yo le había puesto esa tarde, pasaba en su raudo vuelo y daba con fuerza sobre la alpargata desflecada del hombre que sostenía el vizcachón. Recuérdese que a esa hora ya estaba helando.
Los gritos del hombre atrajeron a los que habían quedado en el vehículo que corrieron pensando que lo había atrapado un Oso Polar.
Muchos años después, durante la cosecha de uva, en una finca de esa zona, me reencontré con ese hombre, ya anciano, y, entre risas, ambos recordamos ese incidente.

Entre los amigos de mi padre había un señor llamado Francisco "Pancho" Pichel. Yo lo recuerdo como un hombre corpulento y de voz gruesa, muy fumador, a veces cubierto con una gorra de cuero. Como a la mayoría de los amigos de mi papá, a Don Pancho también le gustaba mucho la cacería. Nuestras familias eran muy amigas, su esposa se llama Cristina, tenían tres hijas y "Panchito", su único hijo varón. Éste fue uno de nuestros compinches, con quién compartimos algunas de las aventuras infantiles aquí narradas. A esa casa, que quedaba en una finca y relativamente cerca, íbamos muy seguido, a veces solos y en bicicleta y otras, acompañados de nuestros padres. En las frías tardes de invierno, cuando no salíamos a cazar gorriones en los membrillos, los varones jugábamos a la lotería de cartones junto a las tres hermanas de Panchito. Todos tomábamos mate acompañados con las tortas fritas de Doña Cristina.
Esa vida tan cercana a la naturaleza sólo podía, a nuestro entender, deparar una continua felicidad. Pero Don Pancho enfermó. Lo que comenzó como una tos más de las provocadas o ayudadas por el cigarrillo que siempre estaba entre sus dedos, se fue agravando hasta causarle una agitación permanente.
Mi padre tuvo hasta el final de sus días la amistad de un hombre de Mendoza que hoy, cuarenta años después de lo que relato, aún es considerado una eminencia en la medicina nacional: El Doctor Rufino, especialista en Oncología. Don Pancho también era su amigo, ambos habían compartido un viaje a cazar guanacos que debe haber sido la única salida de este tipo que hizo en su vida el Doctor Rufino, consagrado a la investigación de su especialidad. Cuando Don Pancho se sintió enfermo, después de algunas consultas locales, mi padre lo llevó hasta Mendoza a ver a este doctor. Algunas semanas después del regreso, en el que seguramente se le dio algún tratamiento a Don Pancho, una tarde en que estábamos solos, mi padre me contó que su amigo se moría en poco tiempo: Tenía un avanzado cáncer de pulmón.
Efectivamente, algunos meses más tarde, Don Pancho moría dejando a su hermosa y hasta entonces feliz familia, sola y desconsolada.
Mi abuelo Rafael y mi padre vivieron y murieron odiando el cigarrillo y todo vicio que afecte a la salud. Por suerte, mi hermano Héctor y yo hemos heredado ese rechazo y lo difundimos cada vez que podemos. Yo lo hago aquí y ahora. Este episodio es sólo uno más de mi libro y seguramente va a despertar una sonrisa canchera en algunos fumadores. Aprovechen a sonreír ahora...

Hace una páginas relaté la primera vez que mi padre cazó un chancho jabalí. A partir de ese viaje sus salidas al campo se alternaron entre el Cerro Nevado y San Luis, sur de Córdoba y La Pampa, en busca de guanacos y jabalíes respectivamente. En uno de estos viajes a una estancia llamada "La Sara", cercana a Buena Esperanza, en la provincia de San Luis, lo acompañé junto a mi hermano Héctor y un amigo de la escuela. Era la primera vez que nosotros, los menores, participábamos de una de esas cacerías. Recuerdo que nos sorprendió el espeso follaje del bosque de caldenes, chañares y algarrobos que cubría casi la totalidad de las diez mil hectáreas pertenecientes a la estancia nombrada. El coirón, que en otras partes raramente supera los cincuenta centímetros, allí llegaba en algunos sectores al metro de altura. El dueño de "La Sara" se apellidaba Camoirano y era famoso por su mal carácter y su hostilidad hacia los cazadores. Mientras estábamos acampando en una calle que bordeaba su propiedad, apareció recorriendo personalmente el alambrado de su campo en un tractor. Dejamos de bajar nuestras cosas pensando que nos pediría que nos fuéramos. Aunque estábamos sobre un camino provincial, una simple denuncia a la policía de Buena Esperanza podía complicarnos. Mi padre se acercó a saludarlo, hablaron un rato y el hombre se fue. Sorprendentemente, nos había dado permiso para entrar a cazar, aunque recalcando varias veces sobre el cuidado del fuego.
El camino donde estábamos separaba esa estancia de otra llamada "El Castaño" y estaba cubierto de renuevos de caldén, algarrobos y chañares. Unos quinientos metros más adelante la huella desaparecía y para un vehículo era imposible continuar. Esos caminos, cuando no se usan mucho y no se les hacen los correspondientes guardafuegos, terminan así, vencidos por la densa vegetación. Ante la posibilidad de un incendio, el fuego pasa de un campo al otro sin impedimento.
Nosotros esa tarde caminamos por esa huella, apenas marcada, que se iba estrechando transformándose en un sendero por el que sólo se podía pasar en una fila de uno en uno. De pronto, al salir de una isleta de monte, a unos doscientos metros vimos un gran avestruz. Mi padre le disparó y lo mató. Como estábamos algo lejos de la camioneta, Don Joaquín Gil, un hombre que nos acompañaba, le sacó las vísceras y entre todos lo levantamos y lo colgamos de un chañar a una altura en la que calculamos que no sería alcanzado por los zorros. Ya estaba anocheciendo, por lo que decidimos dejarlo ahí hasta el día siguiente en que volveríamos a buscarlo, acercándonos todo lo que pudiéramos con la camioneta.
Al otro día a la mañana fuimos a buscarlo. Como dije, lo habíamos dejado a un altura considerable para preservarlo de los zorros. Pero no pensamos en un puma. Por las huellas supimos que una gran hembra con cachorros era la que había estado allí y se había comido gran parte de nuestro avestruz. Había desgarrado trozos para sus hijos y, por la altura en que lo había hecho, cerca del cogote, calculamos que, parada, superaba el metro ochenta. No hace falta que cuente que a la noche siguiente dormimos con la cabeza tapada y cerca del fuego.
Pero esas emociones nos fueron atrapando y muy pocos años después formábamos parte activa en esas cacerías de jabalíes al acecho, como realmente se denomina esa modalidad. El miedo y la incertidumbre, cuando se los vence (o se los soporta) con el razonamiento, siempre dejan algo. Nosotros todavía éramos niños que recién empezaban a mezclarse con los jóvenes. Pero ya habíamos aprendido a tenernos confianza por el solo hecho de saber que éramos humanos. Y porque estábamos armados. Un jabalí puede matar a un hombre fácilmente, pero no ha sido hecho para eso. Salvo en una mala película, un jabalí jamás va a salir al campo a "cazar" hombres, ni los va a acechar esperando su paso. Sin embargo, cuando la luna se esconde y el monte queda en silencio, transformado en una oscuridad total en la que no se distingue dónde termina el cielo y dónde empiezan las copas de los árboles, todos esos razonamientos se vuelven dudosos.
Después de haber pasado por la experiencia de acompañar algunas veces a mi padre en esas esperas, finalmente, en una oportunidad en que estábamos en un lugar en donde había más de un bebedero y en los dos bajaban chanchos, mi padre me preguntó si me animaba a quedarme solo. Dije que sí inmediatamente. Mi padre estaría solamente a cincuenta metros de distancia y la posibilidad de cazar un jabalí yo solo, alejaba cualquier duda. No debo haber tenido más de quince años. Hice mi propio pozo, cerca de un bebedero, detrás de la protección de un alambrado y allí me quedé con un fusil y un revólver. Pasé toda la noche despierto, atento al más leve ruido que me indicara un movimiento irregular en el campo que me rodeaba. Esa vez no tuve suerte, pero mi padre cazó un chancho.
Así, poco a poco y en distintas salidas que se sucedieron, aprendí a identificar cada uno de los innumerables sonidos que pueblan la noche en un bosque de La Pampa o San Luis. Desde una pequeña ramita que se quiebra sobre un algarrobo al ser tocada por un ratón hasta el mugido estremecedor de un toro en celo. Aprendí también a leer en el silencio del monte cuando predice la llegada de un gran chancho. Los pocos que conocen esa emoción saben de qué hablo. No me dormía, no podría haberlo hecho jamás. No habiendo otra cosa que hacer, aprovechaba el tiempo para pensar. Intentando no pensar macanas que permitan que la inquietud, el aburrimiento, el sueño o, ¿por qué no? el miedo, siempre ahí, al alcance de la mano, se me sentara en las rodillas a temblar conmigo. No es fácil para un chico de quince años.

Finalmente los jabalíes y los guanacos dejaron de ser novedad. Tanto mis dos hermanos como yo, habíamos cazado los nuestros. Mi padre, que nunca pudo encontrar alguien que supiera prepararle las cabezas de sus trofeos con la naturalidad que él quería, había aprendido a embalsamar con una técnica propia. Aún hoy sus trabajos, intactos y perfectos en lo que hace a reproducir las facciones de los animales, se destacan en las paredes del living de mi madre.
Pero en ese entonces faltaba un trofeo. Y entonces fue que mi padre apareció un día diciendo que se iba a cazar ciervos colorados a Santa Rosa, capital de La Pampa.
Allá salió, acompañado por Humberto Molina, uno de sus más grandes amigos y, además, el encargado de la caldera en nuestra fábrica. A los pocos días regresaron con un ciervo de un año detrás de la camioneta. Lo habían cazado en un campo cercano a Ataliva Roca, localidad ubicada a cincuenta kilómetros al sur de Santa Rosa, pasando el Parque Luro, lugar de origen de todos los jabalíes y ciervos colorados del país. Don Pedro Luro, importante personaje de aquellos años, construyó esa reserva a principios del siglo veinte. La pobló con animales importados desde Europa que allí se criaban específicamente para ser cazados por él y sus amistades, todos millonarios de esa época, a veces europeos. Con el tiempo, por distintas causas, ese parque cambió varios dueños y se abandonó. Los altos alambrados se rompieron - o fueron rotos por los cazadores furtivos - permitiendo que los animales escaparan y se diseminaran en gran parte del país. Los chanchos se dispersaron más rápidamente y se alejaron, llegando actualmente hasta la precordillera, pero los ciervos permanecieron siempre en zonas más cercanas a ese lugar de donde alguna vez escaparon sus abuelos, tal vez por el alto y denso follaje que les permitía mimetizarse con más facilidad.
De allí salieron también gran parte de los ciervos que hoy son parte del paisaje del Parque Nahuel Huapi. Estancieros de aquella zona sureña compraron ejemplares de ciervos y jabalíes a Don Pedro Luro y los llevaron a sus tierras, más parecidas a los paisajes europeos donde nacieron sus abuelos.
En esa época mi padre cambio su camioneta, Baqueano, por otra, modelo Gladiator. La equipó con una cúpula que hizo construir con una abertura superior, obviamente siempre pensando en cazar.

Sabía que escribiendo este libro corría el riesgo de excederme en la cantidad de anécdotas sobre cacerías. Pero tanto mi niñez como mi adolescencia pasaron alternadas con este tipo de vivencias, no tan sólo inolvidables, sino irrepetibles por el modo en que ha cambiado todo el entorno en que se desarrollaban. En el Cerro Nevado, prácticamente, no quedan guanacos. Los últimos sobrevivientes se han desplazado, uniéndose a las grandes tropas que ya poblaban la zona del Volcán Payén. En este lugar, actualmente una Reserva Nacional, está prohibido disparar un solo tiro. Debido a esas restricciones, y por suerte, los guanacos y los ñandúes se están reproduciendo allí en gran cantidad. Las estancias de San Luis y La Pampa, a donde alguna vez concurrimos a cazar jabalíes, han cambiado de dueño o han sido desmontadas alejando a esos animales. Como contrapartida, los jabalíes han avanzado poblando todos los campos del sur de Mendoza. Los últimos los hemos cazado a pocos kilómetros de Carmensa. De todos modos, aunque queda muchísimo por contar sobre este tema, en este libro incluiré, resumidas, sólo las historias más interesantes.

En el segundo viaje que mi padre hizo a cazar ciervos, Héctor y yo lo acompañamos. También fue con nosotros Dante Dipablo, un gran amigo de toda la familia. La pequeña estancia a donde íbamos a parar pertenecía a un señor llamado Bernardo Hernández. Alguna vez su familia había tenido una importante extensión de campo, pero al irse dividiendo entre los herederos que iban apareciendo, a este hombre sólo le había quedado la casa dentro de un cuadro de unas cien hectáreas. Bernardo tenía un tic nervioso que le hacía silbar constantemente, aún en medio de una conversación. Para mi hermano Héctor y para mí las primeras horas allí fueron muy tensas. A pesar de haber sido advertidos por mi padre antes de llegar, no nos podíamos mirar sin reírnos, aunque disimulando. Para colmo Dante, cada vez que escuchaba un silbido, nos miraba con un gesto. Finalmente nos acostumbramos. Hasta que a la noche siguiente, conocimos al hermano de Bernardo. Éste, ya dije, silbaba constantemente, el otro tosía permanentemente. Incluso mientras dormía, tosía cada cinco minutos. Esa noche no nos dejó dormir. Y como él, debido a su propia tos, tampoco podía dormir, aprovechaba ese tiempo para fumar en la cama. Toda la noche fumando y tosiendo. Y en la otra habitación, el otro que se despertaba y empezaba a silbar. Sólo faltaba uno que bailara dormido.
A la mañana siguiente, muertos de sueño, fuimos a pedir permiso para cazar en un campo que quedaba en Naicó, propiedad de un vasco que vivía allí, en Ataliva Roca. El hombre, al que todos conocían como Don Pancho, sufría la enfermedad de la gota y cuando entramos, estaba sentado junto al fuego. En la punta de su alpargata tenía un agujero por donde asomaba el dedo gordo. Al parecer no se lo podía ni mirar sin que le doliera. Parecía un buen hombre y después, cuando supimos lo inmensamente rico que era, lo encontramos sumamente modesto. Vivía con su esposa en una casita sencilla, de ladrillo visto, cercada con un alambrado de gallinero, en una esquina de ese pequeño pueblito pampeano, con calles de tierra, sin más lujos que los que poseía cualquiera de sus vecinos. Como era amigo de la infancia de Bernardo, nos dio permiso para cazar, pero debíamos pasar a la noche a buscar la llaves de la tranquera del campo.
Aprovechamos el día para dormir lo que no habíamos podido hacer durante la noche, en este caso armando nuestras camas en un galpón alejado de la casa principal.
Esa noche, con todo listo, pasamos a buscar la llave del campo. Cuando llegamos advertimos la presencia de un auto Valiant, con patente de Buenos Aires, estacionado en el patio de la casa. Mi padre y Bernardo entraron y al poco rato salieron seguidos de Don Pancho y de tres jóvenes desconocidos. Luego supimos que eran parientes del dueño que habían llegado esa tarde de la Capital y querían conocer los ciervos. Nos acomodamos todos en nuestra camioneta y salimos hacia el campo, situado en la zona llamada Naicó, al oeste de la ruta 35. Media hora después estábamos ante la tranquera. La espesura del monte era impresionante y los árboles, por el grosor de sus troncos, se adivinaban antiquísimos. Allí comencé a manejar yo y mi papá pasó atrás, parado y sobresaliendo, junto a Bernardo, por la abertura de la cúpula.
Aquí debo contar que la cacería del ciervo se puede hacer de tres modos, al acecho (similar a la de los jabalíes, en los bebederos o los senderos por donde estos animales pasan), al rececho, (caminando de día en el campo, siguiendo sus huellas y buscando sus dormideros), o con reflector. Aunque con el tiempo terminamos probando todas las modalidades, en ese momento, por ser más segura, habíamos elegido la última. Esta modalidad estaba prohibida y era muy controlada en las rutas y caminos, sólo podía cazarse así en campos privados.
Yo creo que si en la Argentina hubiera habido leones africanos o elefantes, éstos hubieran elegido ese campo para vivir. Era lo más parecido al África que he conocido a través de las películas. Un monte totalmente salvaje con una densidad que en partes apenas permitía pasar la camioneta, sólo comparable a algunos sectores del Valle de Nereco, otro lugar pampeano que pude conocer detrás de los ciervos.
Adelante íbamos, Don Pancho, uno de sus parientes de Buenos Aires y yo. Los demás iban detrás, enfrentando el intenso frío que entraba por la abertura superior. Mi padre de pie, con el fusil en la mano y Bernardo con el reflector, protegiendo su mano derecha con un guante de cuero que no alcanzaba a detener la helada. Los porteños, acurrucados en un rincón, tiritando y comenzando a arrepentirse de haber abandonado el calor de la estufa.
Llegamos a una amplia zona que había sido desmontada para sembrar. Apenas la luz del reflector recorrió el campo hacia la derecha, los ojos de los ciervos, a unos trescientos metros, brillaron delatándolos. Frené la camioneta. Los ciervos se quedaron quietos, sin advertir quizá que sus ojos curiosos los traicionaban. Mi padre apoyó el fusil sobre uno de los monos de dormir que llevábamos sobre la parrilla. Durante un tiempo que nos pareció interminable, apuntó al que le pareció más grande y disparó. Vimos que el ciervo caía fulminado mientras los otros huían.
Como de ese sector nos separaba un alambrado, con mi hermano Héctor lo cruzamos y corrimos hacia el lugar. Desde la camioneta, Bernardo nos iluminaba con el reflector. Cuando íbamos llegando a unos cincuenta metros, el ciervo levantó la cabeza, se puso de pie y huyó trotando. Mi hermano, que llevaba una escopeta cargada con perdigones, le disparó y el animal cayó en una pequeña hondonada que impedía casi totalmente la llegada de la luz del reflector. Llegamos a su lado y allí nos quedamos, en la penumbra, esperando a que llegara el resto de los que ya corrían a ver el ciervo. Era un ejemplar bastante grande. Yo estaba ubicado de frente, junto a los grandes cuernos del animal, que todavía respiraba, alumbrándolo de vez en cuando con la linterna.
Llegaron los porteños, agitados por la carrera. El primero de ellos traía un pequeño revólver 22 en sus manos. Al notar que el ciervo respiraba, no quiso perder la oportunidad de tirar aunque más no fuera un solo tiro. Sin preguntar nada, le apuntó al pecho y disparó. Instantáneamente, el ciervo se puso de pie y salió largando cabeceadas con su filosa cornamenta. Como dije, yo estaba junto a su cabeza, frente a él. A una velocidad que envidiarían muchos atletas, giré el cuerpo y salí corriendo con el ciervo detrás, sin saber hacia dónde iba. A pocos metros de allí llegamos juntos a una cortada que había hecho el agua. Era una ancha zanja de un metro de profundidad y por allí caímos los dos, yo en primer término, algo más lejos por el impulso de la carrera desesperada, y el ciervo detrás, derrumbándose por suerte para siempre.
Cuando me aseguré que el ciervo estaba caído, me levanté lentamente, dolorido y furioso. Quería matar a ese porteño. Me temblaban hasta los pelos, si el ciervo me hubiera enganchado con sus cuernos, aún moribundo, instintivamente podría haberme herido o incluso matado.
Un rato más tarde, sin proponérmelo, pude desquitarme en algo. Íbamos costeando un campo sembrado de centeno, con el monte a nuestra derecha, y de pronto vimos una pequeña tropa de ciervos. Estaban a nuestra izquierda, sobre el centeno que brillaba con la helada. Frené para que mi padre disparara, pero cuando iba a hacerlo, los ciervos huyeron hacia una depresión del terreno que los ocultó. Sin pensarlo y sin pedir permiso, doblé a mi izquierda y entré al sembrado, siguiendo a los ciervos. Don Pancho, a mi lado, ante el hecho consumado de ver su centeno pisoteado por un vehículo, no dijo nada.
Algunos centenares de metros más adelante, los ciervos se detuvieron y nuevamente frené. En ese momento Don Pancho y su acompañante bajaron de la camioneta, según entendí, para pasarse a la parte de atrás. Los ciervos huyeron nuevamente sin dar tiempo a dispararles y yo arranque otra vez detrás de ellos. Esta operación se repitió una o dos veces más hasta que finalmente los animales, ilesos, lograron llegar al monte y desaparecieron en la espesura. Entonces fue que mi padre, desde atrás, preguntó:
-   ¿Y Don Pancho?
-   ¿Cómo? ¿No está ahí atrás, con ustedes? – pregunté yo, a la vez que comprendía lo que había pasado: Lo habíamos dejado a pie en su propio campo, junto a dos de los porteños que se habían bajado “para ver mejor”. (Por suerte, incluido el que yo odiaba.)
Quedarse de a pie en el campo no habría sido tan grave si Don Pancho no sufriera esa enfermedad de la gota, si no estuviera calzado con su alpargata agujereada, con su dedo al aire y si no estuviera cayendo una de las famosas heladas pampeanas.
Cuando un rato después los encontramos, siguiendo el alambrado hasta dar toda la vuelta al cuadro de centeno, los porteños habían hecho un pequeño fuego y estaban agachados junto a las llamas como adorando el pie de Don Pancho. Luego supimos que los porteños habían comentado que tenían miedo de que los atacaran los indios; si lo hubiéramos sabido en su momento los hubiéramos vuelto locos.
Aunque parezca increíble o propio de una película de Chaplin, un rato más tarde uno de esos porteños, tratando de ser atento, se apresuró a cerrar la puerta de la camioneta y le apretó el pie a Don Pancho. Dicen los lugareños que en las noches de luna, cuando el cielo está limpio, brillan las estrellas y no hay brisa, en ese monte todavía se escucha el eco del grito de Don Pancho.
Después de ese viaje fueron varios los que realizamos a ese lugar, la mayoría con éxito. Varias cabezas de ciervo repartidas entre el galpón y la casa de mi madre hoy nos cuentan de ese pasado que como tantas otras cosas, jamás regresará.

Cuando hace unas páginas nombré al profesor Dante Leguizamón, dije que era protagonista involuntario de una de mis anécdotas. Así como destaqué que el Maestro (así, con mayúscula) Don Luis Ponce me tenía un cierto aprecio, seguramente no exclusivo ya que todos sus ex alumnos lo recuerdan igual, debo decir también que el profesor Leguizamón no compartía esa simpatía. Era nuestro profesor de historia, pero cuando algún profesor de la escuela faltaba, fuera del año y de la materia que fuera - incluso francés e inglés - él lo suplantaba y demostraba saber tanto o más que el profesor titular. En su capacidad estamos todos de acuerdo, pero repito, en esos dos años en que lo tuve de profesor nunca me sentí querido por él. Ya adelanté que yo era bastante vago y sólo me preocupaba por las materias que realmente me gustaban, por lo que no hace falta que aclare que no lo estoy culpando. Él simplemente hacía lo correcto y yo, aunque parezca paradójico, también. Cada uno fiel a sus principios.
En primer año me llevé siete materias a rendir en diciembre. De esas siete ya había rendido seis, dos de ellas pasaron a marzo y me faltaba rendir Francés. Siempre me gustó mucho más ese idioma que el inglés y me resultaba fácil. Esa materia, por ser un idioma, se rendía primero por escrito y luego oral. La profesora era la señorita Charaviglio que luego fuera la esposa de nuestro profesor de Educación Física: Enrique Bordano, recién llegado al departamento. Pasé el examen escrito con siete. Faltaba el oral. Entré al oral. Todo iba bárbaro, entendía y contestaba bien todo lo que se me preguntaba y la profesora tomó su lapicera para ponerme una nota que daba por descontado superaba en mucho el cuatro mínimo que necesitaba para aprobar,... pero entró al aula el profesor Leguizamón. Él era el presidente de mesa y por lo tanto podía preguntar a gusto.
Resumiendo, en el léxico escolar de aquellos años: me hizo pelota. Comenzó a preguntarme cosas que aparecían en las últimas páginas del libro, a las que nunca habíamos llegado. La profesora se dio cuenta e intentó advertírselo, pero una mirada fría le hizo callar. Me puso un tres y me mandó a marzo.
Hoy hay mucha gente que recuerda bien al profesor Leguizamón y seguramente lo hace con justicia. Repito: su capacidad intelectual era indiscutible. Yo tengo ese mal recuerdo y hace tiempo que he decidido no mentir en lo que escribo. Los grandes hombres también tienen sus errores. A su entender, yo era un vago, seguramente con muy pocas posibilidades de corregirme, pero esa vez, el que se equivocó fue él.
Pasaron las vacaciones y comenzado el mes de marzo, a la vez que se aproximaba la fecha en que debía rendir Francés, con la misma mesa examinadora, se acercaba la Fiesta Central de la Vendimia. Mi tío Julio Grag, desde Mendoza, habló por teléfono diciendo que nos había conseguido entradas en uno de los sectores más cercanos al escenario. Pero la fiesta era el sábado y yo debía rendir Francés el lunes a las ocho de la mañana.
- Yo ya estudié - dije al ser preguntado por mi madre.
No mentía mucho, ese idioma era, como dije, una de las materias que me gustaban y la única preocupación que tenía era la segura presencia del profesor Leguizamón en esa mesa.
Allá fuimos, a la Fiesta de la Vendimia. Aldo, que tenía que estudiar otra materia, se quedó en casa.
El domingo al atardecer regresamos. Mi hermano Aldo recién llegaba del entierro del profesor Dante Leguizamón. A la mañana siguiente pasé el examen con siete en el oral y siete en el escrito.
La vida me dio la oportunidad de ser amigo de algunos de mis viejos profesores, igualados por los años incluso al punto de tutearnos y hablar de cualquier tema. Lo fui de Rodolfo Sarraf, hasta sus últimos días, unidos más por nuestra común afición a las letras. Lo fui de Enrique Bordano, recientemente nombrado (también fallecido en un accidente) y de otros de mi ciudad y de la escuela de Huinca Renancó, donde luego concurrí. Y estoy seguro que si hubiera podido tener una sola conversación más con el profesor Dante Leguizamón esta anécdota hubiera tenido otro final. Queda pendiente para nuestro reencuentro.

Con Oscar Valenzuela, uno de mis compañeros y gran amigo, ideamos un modo de evitar el tedioso trabajo de permanecer en la escuela todas las horas de clase. En un colegio con más de doscientos alumnos, era rara la semana en la que alguno de ellos no perdía a uno de sus abuelos. No sé cómo hacíamos, pero siempre nos enterábamos de esos sucesos. Y allá íbamos, a pedirle al Maestro Ponce que nos dejara ir al velorio de este abuelito que "casualmente" conocíamos junto a toda su familia. Don Luis nos encomendaba entonces representar a la escuela y adjuntaba al grupo a dos chicas, casi siempre elegidas entre las mismas: Susana Cantera, Marta Herrera o Marta Zuchelli. Ellas eran de las mejores alumnas, pero, por la sonrisa con que recibían la noticia, sospecho que estaban tan aburridas del estudio como nosotros.
Eso sí, teníamos que ir al velorio de verdad, presentarnos diciendo que íbamos de parte de toda la escuela y quedarnos allí, sentados y serios, por lo menos hasta que se acostumbraran a nuestra presencia. Luego, con el deber cumplido, saludábamos nuevamente y nos íbamos a vagar por el centro hasta la hora de regresar a nuestras casas.

Uno de esos inviernos murió mi abuelo Ramón, el padre de mi mamá. En esos últimos días, el genuino trajinar llevando y trayendo a mi madre y pasando la noche entera allí, en casa de mis abuelos, había hecho que yo faltara algunos días a clase. Finalmente el deceso llegó, una fría mañana del mes de julio.
Mi abuelo había estado prácticamente inconsciente desde hacía más de una semana. La noche antes de morir, en un momento en que yo había quedado solo junto a él, abrió los ojos, me miró con un gesto de sorpresa... y me sonrió. Yo también le sonreí... y me quedé para siempre con esa sonrisa del mismo modo que él se llevó la mía al cielo donde hoy habita.
A veces, cuando toco la guitarra, repito los dos tonos incorrectos con que él me tocaba un valsesito criollo y siento que él me está escuchando y sonriendo con esa sonrisa buena con que solía llegar a mi casa.
Se llamaba Ramón Pellegrino Heredia y, como dije, era mi querido abuelito criollo.
A la mañana siguiente, mientras lo velábamos, llegó Oscar Valenzuela con dos de las chicas de mi curso. Aunque nunca lo hablamos, nunca más volvimos a ir al velorio de un abuelo ajeno.

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