sábado, 14 de mayo de 2011

Pag. 31 a 41


Como dije, de día escuchábamos radio LV4, de San Rafael, y de noche, todas las emisoras de Buenos Aires: Rivadavia, Nacional, Splendid, El Mundo y Belgrano. Antonio Carrizo, Juan Carlos Mareco, D'Agostino y otros grandes del micrófono nos entretenían en esos largos programas con números musicales en vivo. A modo de ejemplo recuerdo al "Glostora Tango Club", un programa auspiciado por el ya nombrado fijador para el cabello. Allí se podían escuchar grandes orquestas como Juan D'Arienzo, Aníbal Troilo o Mariano Mores. Recuerdo también el programa de preguntas y respuestas "Odol Pregunta". En ese programa el premio final era un millón de pesos. Era mucho dinero y sospecho que para ganarlo el participante tenía que contestar ¿qué marca de desodorante usaba San Martín?, o algo así. Otro programa que escuchábamos era "El otro lado de las cosas" de un poeta llamado Juan Ferreira Basso. El conductor hablaba sobre diversos temas de actualidad y terminaba siempre con esa frase. Juan Ferreira Basso tenía una voz muy particular y recuerdo que era imitado por algunos cómicos de entonces. Otro que tenía una voz aguda que hubiera hecho reír a los jóvenes de hoy era el recitador criollo Fernando Ochoa. Pero su arte declamatorio superaba ampliamente ese detalle. Tato Cifuentes, un actor de origen chileno, era Tatín. Tatín era un adulto que hablaba como un niño. No recuerdo hoy qué tipo de cosas decía entonces, pero nos encantaba a chicos y grandes. Años después, estando en la ciudad de Buenos Aires, concurrí al teatro "Astros" a ver un espectáculo de revista. Allí, entre Olmedo, Porcel, Barbieri, Don Pelele y otros, se presentó Tatín. Fue la primera y única vez que lo vi en persona. Esa noche, después de una serie de chistes y siempre con su característica voz de niño, contó una larga y sentida anécdota sobre su maestra. Cuando terminó todos los presentes lo aclamamos de pie mientras nos secábamos los ojos. Era un verdadero grande, irrepetible en su genero; su nombre ha quedado eternizado en unos populares chupetines que lamentablemente no nos cuentan nada de él. En el mismo estilo y también muy esperada por los más chicos, estaba "Vitrolita", una actriz llamada Inés Fernández que hablaba y cantaba imitando la voz de una niña. Componía sus propios temas infantiles; al respecto hace pocos años, en un programa de la televisión chilena llamado "Cachureos" la nombraron como autora de “El Ladrón”, un tema para niños muy popular en ese país. Los días sábados y los domingos, en el horario del mediodía, había en esas emisoras de Buenos Aires unos programas larguísimos, (luego llamados ómnibus) con números artísticos, musicales y humorísticos, todos en vivo. Uno de ellos era "La Cruzada del Buen Humor" con "Los 5 Grandes". El del domingo era "La Revista Dislocada" comandado por Delfor, el creador de ese grupo. Más adelante algunos de estos artistas y humoristas hicieron televisión y filmaron películas que nos permitieron conocer sus rostros.

La música que he escuchado a lo largo de mi vida, por ser una de mis pasiones, me ha dejado recuerdos muy nítidos. Recientemente nombré a Juan D'Arienzo, apodado con mucha razón "El Rey del Compás", y recordé cuando, con doce o trece años, pude verlo en mi ciudad, con su orquesta, en un salón entonces llamado Babilonia. Era un hombre bajito y algo pelado, pero frente a sus músicos era un verdadero showman, en ese entonces desperdiciado por una televisión en pañales. Recorría el escenario, dando la espalda al público, casi bailando y marcando a cada músico, con gestos teatrales pero muy definidos, el compás, la fuerza o la cadencia que exigía para cada pasaje. En esa ocasión traía sus cantantes Mario Bustos y Jorge Valdez, excelentes voces para ese género. Hasta el día de hoy, junto a Alberto Echagüe, Floreal Ruiz, Julio Sosa, Edmundo Rivero y por supuesto Roberto Goyeneche, son mis preferidos a la hora de escuchar tangos "de antes".

Cada vez que llegaba un circo renovábamos nuestros juegos. Casi siempre tratábamos de copiar las proezas que veíamos en el trapecio. Tuvimos varios en distintos lugares del patio, el parral y el galpón. Arriesgando la vida, aunque armados con un látigo de trapo, domábamos nuestros perros haciéndolos caminar por angostas tablas que pasaban de un cajón a otro. También intentamos, sin éxito, caminar en la cuerda floja. (Todavía debemos tener cicatrices en las rodillas.) Entre esas cosas que imitábamos, alguna vez vimos a un hombre caminando con zancos. Al día siguiente ya estábamos clavando tablas y fabricando los nuestros. Luego de unos pocos golpes de aprendizaje ya nos movíamos y hasta corríamos carreras por todo el patio. Recuerdo haber logrado un equilibrio similar al que tenía sobre mis piernas, lo cual me permitía quedarme parado en el mismo sitio el tiempo que quisiera, saltar, retroceder y hacer todo lo que me proponía. Pocos días después, la altura inicial en la que nos movíamos nos pareció poca y comenzamos a buscar palos más largos. No puedo precisar la medida de los que yo me fabriqué, pero todavía debo tener marcado el raspón que me produje cuando uno de los palos se me quebró hacia el lado exterior en plena carrera. Pronto, opacada por otra atracción, abandonamos para siempre esa actividad. Sin embargo hoy, con más de cincuenta años, puedo asegurar que si subo en un par de zancos de ese tipo, salgo caminando como si los hubiera dejado ayer. Calculo que debe ser como la bicicleta o los patines: se aprende una vez y para siempre.
Las bolitas podían ser de vidrio, de barro o japonesas. Las de vidrio son las mismas que han perdurado hasta nuestros días. Había unas de aspecto enlozado o marmoladas llamadas "lecheritas; las de barro estaban en etapa de extinción, eran de barro cocido y era raro encontrar una perfectamente esférica. Las japonesas eran livianas y transparentes; adentro podían verse coloridos gajos, como los de las naranjas. Y estaban los bolones, que no servían para nada, al menos no para los juegos que nosotros conocíamos. Otros juegos eran las figuritas. (De marca Starosta.) Las primeras nos las regalaban en la escuela, a veces junto con el álbum. Traían muchos premios, a nuestros ojos interesantísimos: bicicletas, pelotas, camisetas de fútbol, etc.
La payana se jugaba con cinco piedras de igual peso y tamaño. Era un juego antiquísimo y el más económico, pues sus elementos se encontraban en cualquier pila de ripio; pero a su costo mínimo se le debía sumar el del guardapolvos, las zapatillas y el pantalón, pues se jugaba arrodillado o sentado en el piso de cemento, con las piernas abiertas. Cada uno de estos juegos, sumados a los barriletes y otros similares, tenían adjudicada una temporada del año. Cuando era temporada de bolitas nadie podía jugar a las figuritas. Aunque lo intentara, no conseguía compañero de juego. Lo mismo sucedía si era temporada de payana y aparecía alguno con bolitas. Era rechazado con una mirada fría y cortante que lo obligaba a respetar el orden de juegos. Nunca supe cómo se determinaba qué juego era el que venía, pero de un día para el otro las piedras de la payana, tan cuidadosamente elegidas, se tiraban con la honda. Había comenzado la época de los barriletes.
Los barriletes de mi época se fabricaban con elementos simples que podían encontrarse en cualquier casa. Con cañas cortadas a la mitad, atadas con hilo de algodón o de atar chorizos, se preparaba el armazón. El papel para forrarlos se podía comprar, pero con ese fin también se podía usar el de diario. Es cierto que salían algo más pesados y no se veían tan bonitos, pero con un poco de carrera levantaban vuelo y después se mantenían arriba como los otros. La cola era de trapos anudados y se iba extendiendo hasta que dejaba de "colear". Cuando el barrilete estaba bien alto y estabilizado, mandábamos "telegramas" al cielo. Escribíamos un mensaje en un papel, luego le hacíamos un agujerito al centro y lo enhebrábamos en el hilo. Con el mismo viento ese papel iba ascendiendo hasta llegar al barrilete.
En esos años, uno de mis tíos, que llegó de Mar del Plata, nos compró en el Bazar 0,95, un barrilete de plástico. Era una estrella, con un diseño muy complicado y, según supimos pronto, de muy corta vida. Fue allí que yo supe que los barriletes se podían comprar. Hoy no existe un niño que alguna vez haya fabricado o visto hacer un barrilete. Por unos pocos centavos, se puede comprar en cualquier kiosco una ilusión voladora, made in Taiwán, con la cara de Batmán o de la muñeca Barbie.

Estaba hablando de juegos y juguetes de entonces y recordé la lanchita plof plof. ¿Qué era la lanchita plof plof? Una pequeña lancha, construida de chapa, en tamaños que, según el fabricante, variaban entre diez y veinte centímetros. Era impulsada en el agua con un ingenioso sistema que lamentablemente, por sus detalles técnicos, no puedo explicar aquí. En el interior de la lancha había un pequeño (todo era pequeño) depósito donde se le echaba alcohol de quemar o medicinal. (También solíamos poner allí un trocito de vela.) Ese alcohol se encendía, se dejaba la lancha en el agua, se esperaba un ratito y la lancha comenzaba a hacer un ruido así: "plof plof plof plof" y a desplazarse rápidamente como impulsada por un minúsculo motor. Nunca más volví a ver una. Seguramente el hecho de ser un juguete que no admite ser fabricado en plástico la condenó a la extinción.
Según Internet a esa lancha de juguete se la llamaba "Luján" y era copia de una de origen alemán. 
Otros juguetes de aquel y de todos los tiempos fueron la perinola y el yo yo. Ambos subsisten hasta hoy. Por supuesto, todos habíamos tenido o visto un yo yo de cerca, pero no recuerdo que en aquellos años se haya impuesto como algunos de los nombrados en párrafos anteriores, logrando una temporada exclusiva. Seguramente, al igual que el balero y otros similares, no eran baratos y por eso se vendían sólo en las jugueterías. En ese tiempo en los kioscos se vendían muy pocos juguetes. Además, estos negocios estaban divididos en kioscos de revistas y de cigarrillos. El que - además de golosinas - vendía una cosa no podía vender la otra.

En nuestros viajes al campo o a las fincas cercanas a la ciudad mi padre siempre llevaba algún arma. En ese entonces en todas las fincas había liebres, perdices y martinetas, y en todas las lagunas nadaban patos y hasta gansos. Debe haber sido en esos lugares donde descubrimos los lazos para cazar liebres. Se hacían con alambre fino y se ponían en los alambrados en los lugares donde, por las huellas o por algún desnivel del terreno, se suponía que la liebre iba a pasar. Efectivamente pasaban y se enlazaban, a veces estrangulándose y otras veces esperando a que el cazador las fuera a retirar, con el mismo destino trágico. Eso de los lazos era algo que nosotros podíamos hacer... y lógicamente lo hicimos.
Detrás de mi casa, abarcando todo lo que hoy es el Barrio Río Atuel, llegando hasta la cancha del Club Pacífico y todo lo que hoy está construido enfrente, hasta la calle Estrada de ambos lados, era en ese entonces la finca de mi abuelo. Esas seis o siete hectáreas, colindantes con nuestro patio trasero, fueron el lugar que elegimos para poner nuestros lazos. Todos los agujeros del alambrado que la rodeaba quedaron cubiertos. Tendríamos ocho a diez años y en nuestras diarias salidas a recorrer la finca habíamos visto varias veces a una liebre que invariablemente nos asustaba al levantarse al lado de nuestros pies. Ella era la destinataria de los lazos. Todas las mañanas, apenas desayunábamos y salíamos a recorrer nuestras "trampas". Pero nunca pudimos atrapar a esa liebre con un lazo. En cambio sí atrapamos a nuestro perro, Naki. (En realidad se llamaba Nat King Cole, pero nosotros, en confianza, le llamábamos Naki.) Alarmados por sus alaridos lejanos, corrimos a soltarlo y esa misma mañana sacamos todos los lazos. No habíamos previsto ese detalle, esa finca ya estaba rodeada por zonas pobladas y por esas pasadas cruzaban muchos más perros que liebres.
Una tarde de invierno, después de una nevada, vimos en la nieve las huellas de la liebre dirigiéndose a una viña. Digo "la liebre" porque para nosotros era una sola y siempre la misma, aunque seguramente eran varias, ya dije que eran comunes en todas las fincas, cercanas o no al pueblo.
Cual si hubiéramos descubierto las huellas de un Yeti, corrimos a contarle a mi padre. Lo volvimos loco hasta que tuvo que tomar la escopeta y salir, con nosotros detrás, a buscar a ese peligroso animal. Descubierta por el rastro nítido en la nieve recién caída, la liebre salió corriendo entre dos hileras de viña, mi padre disparó y la mató. Recuerdo el alborozo con que volvimos a mostrarle ese trofeo a mi madre. Tenemos una foto en blanco y negro que eterniza el emocionante momento en que terminamos con esa especie de monstruo que asolaba la comarca. Unos días después descubrimos que "nuestra liebre" había resucitado. Como lo había hecho tantas veces, Naki, desesperado, la perseguía inútilmente. Para esas persecuciones, casi siempre entre la alfalfa, Naki tenía un modo de correr exclusivo y surgido de su propia inspiración. Como era muy bajito, no podía ver dónde iba su presa, entonces cada cinco metros, saltaba hacia arriba, buscaba con su mirada a la liebre y al caer corregía su dirección en ese sentido. Cinco metros más adelante repetía la operación y así se iba orientando hasta perderla de vista y regresar a nuestro lado, gruñendo de impotencia. Jamás volví a ver un perro que corriera de ese modo.   
Rememorando la finca de mi abuelo descubrí ahora que allí había de todo: uvas de todas las variedades conocidas: damascos, ciruelas, duraznos, membrillos, aceitunas, cerezas, granadas, higos, brevas, peras, manzanas, sandías, melones y todo tipo de verduras. No quedaba un metro desaprovechado, hasta algunos callejones y acequias estaban techados de parral. En el patio trasero de su casa, mi abuela tenía el gallinero. A continuación la casucha y el sector circular donde vivió y murió, atado, el "León", el triste y descolorido perro de mi abuelo. Y luego, algo más alejado, sobre el callejón que salía hacia el sur, estaba el chiquero. Allí se engordaban los chanchos para los carneos de invierno.
En el centro de la finca, sobre la vereda Oeste de la calle Patricias Mendocinas y a la misma altura de mi casa paterna, había una casa de material donde vivía Don Martín Ferreira, el contratista. Un hombre algo bajo y delgado al que hoy, a la distancia de tantos años, le admiro la paciencia que supo tenernos. Recuerdo a sus hijos, de edad similar a la nuestra y circunstanciales compañeros de juegos. La niña se llamaba Margarita y el varón, Pedro.
Hoy esa casa es mi casa, en una de sus habitaciones, hoy rodeada por el Barrio Río Atuel, estoy sentado a la computadora escribiendo este texto autobiográfico.
Lindando con la cancha del Club Pacífico había un sector de una media hectárea que estuvo destinado por años para la alfalfa que comía el caballo de mi abuelo. Pobre caballo, ¡qué tristeza y qué resignación había en su mirada! No trabajaba mucho, eran sólo seis o siete hectáreas, pero lo recuerdo muy solo y muy triste, resoplando en su galpón con ese gesto, mezcla de aburrimiento y resignación. Moviendo el cuero en la parte donde se le paraba una mosca y golpeando el piso con alguna de sus patas delanteras cuando nuestra curiosa presencia comenzaba a incomodarlo.

No viví el gran terremoto que asoló Villa Atuel, matando a algunos de sus pobladores. Sólo sé de él por lo que me contó mi padre, acudiendo a recuerdos que entonces no eran muy lejanos. Destacaba especialmente el gran susto inicial y la inquietud que se instaló por mucho tiempo en todo el que lo percibió. La casa de mi abuelo era de adobe crudo y sufrió algunos daños. (Mientras escribo esto, un nuevo dueño acaba de derribarla totalmente.) Hubo quienes, a partir de ese terremoto y para dormir tranquilos, construyeron una habitación de madera, alejada a las construcciones de material. Aún hoy se pueden ver en Villa Atuel algunas casas con paredes de chapa ondulada, de techo, construidas después de esa tragedia.
Obviamente, tampoco estuve cuando cayó la ceniza que todavía se encuentra en los bordos de los canales o al hacer un pozo. Mi padre me contó que al ver acercarse la nube oscura que pronto cubriría el cielo, la gente arriesgaba cualquier opinión. Más tarde, seguramente por la radio, descubrieron que eso que había transformado el día en noche y caía sobre sus cabezas en forma de tibia nieve, era ceniza. Mi padre recordó lo que, ya entonces, había leído sobre Pompeya y, aunque no dijo nada a sus padres ni a sus hermanos menores, se preocupó seriamente. Algunos opinaban que en la tierra con ceniza no se podría sembrar por mucho tiempo y que ese acontecimiento terminaría con la agricultura, base prácticamente única de la economía regional de entonces. Para aclara dudas propias y ajenas, un señor de apellido Perissé, que tenía una farmacia, hizo unos germinadores, en frascos, como los que hoy hacen los chicos de la escuela, pero llenos de ceniza. Allí estaban, pocos días después, en su negocio y a la vista de todos, los maíces y los porotos germinando sin problemas entre la ceniza y tranquilizando a los chacareros.
Sigo relatando recuerdos ajenos, de la niñez de mi padre: Un empleado, muy anciano ya, que tuvo mi abuelo cuando recién había llegado al departamento, había estado en la campaña contra los indios y le contó a mi padre y a mis tíos mayores las matanzas que había protagonizado cumpliendo órdenes del gobierno. Entre otras barbaridades que le había tocado hacer y ver, le había llamado la atención que algunos indios, antes de huir para salvar sus vidas, mataran a sus propios hijos con sus lanzas para evitar que quedaran en manos de los blancos.
Las anécdotas del servicio militar de mi abuelo materno, Ramón Heredia, coinciden en algunos puntos y no difieren mucho de las desgracias narradas por José Hernández en su Martín Fierro. Lamentablemente, cuando lo tuve a mi lado, ignoraba que algún día terminaría escribiendo y lo dejé pasar sin preguntarle tantas cosas que hoy quisiera saber. Alguien, con mucha razón, dijo alguna vez: "Cada vez que se muere un viejo, se quema una enciclopedia."

Regreso a mi escuela detrás de una anécdota que creo merece ser contada. Cuando yo comencé la escuela primaria entré directamente a primer grado infantil. Hasta ese momento no había jardín de infantes, esa división para niños más pequeños comenzó al año siguiente con la señorita Cabrera, hija del famoso Doctor del mismo apellido. Del día de mi llegada, recuerdo nítidamente varias cosas. El aula donde entré, el banco donde me senté y a algunos de mis primeros compañeros. Julio Alanís, Roberto Agüero, Raúl Pizarro, Oscar Carrasco, el Negro Cruz y otros atorrantes que hoy siguen siendo mis amigos. Entre las chicas que ingresaron conmigo he podido rescatar el nombre de Beatriz "Betty" Ripollés, la niña más bonita de la escuela, que nos tenía enamorados a todos. De otras niñas retengo los rostros, pero no sus nombres.
Aunque me he esforzado, no he logrado reconstruir el nombre de uno de los chicos, un rusito muy pequeño, rubio, pecoso, carita redonda y por su vestimenta, muy humilde. En ese entonces la misma maestra nos daba una hora semanal de algo parecido a lo que luego se llamó Actividades Prácticas o Manualidades. El primer trabajo para los varones, en el que lógicamente debía ayudar el padre, ya que teníamos seis años, era hacer un rallador de queso. Para eso debíamos llevar una chapa recortada de un tarro de conservas y una tabla de unos cinco o seis centímetros de ancho. A la chapa, con mucho cuidado, debíamos hacerle centenares de agujeritos con un clavo grande. Esa era la superficie que luego rallaría el queso. Una vez terminado este trabajo, se doblaba un poco la chapa y con clavos más chicos se la clavaba a los costados de la madera. Y ya estaba listo el rallador.
Por supuesto, ninguno lo terminó. Aunque todos llevábamos los elementos, el día indicado gastábamos esa hora en jugar, hacer dos o tres agujeros en la chapa, jugar otro poco, hacer otro agujero, mirar a los pajaritos por la ventana, clavar el clavo en la ventana, correr a otro con el martillo, etc. Prometíamos que lo seguiríamos haciendo en la casa y a la clase siguiente el rallador seguía siendo una chapa deformada y a raíz de los agujeros que rompían la capa de esmalte, oxidada.
El domingo que se aproximaba era el Día de la Madre. El viernes antes la maestra nos dijo:
- Chicos, el domingo es el Día de la Madre, ¿qué le van a regalar a sus madres?
Cada uno contestó lo suyo. El que no sabía, mentía nombrando algo que lo hiciera quedar bien. Al llegar al rusito, éste metió la mano en su humilde cartera y sacó el rallador.
No sé si mi memoria me traiciona, pero lo recuerdo tan prolijo, tan bien hecho, que parecía un rallador comprado. La maestra lo tomó, emocionada, y le dijo:
- ¡Qué bien! ¡Te felicito! ¿Te ayudó tu papá?
- Yo no tengo papá... - dijo el rusito bajando la mirada.
La maestra tragó saliva, lo abrazó muy fuerte y se quedó callada. Tan callada como todos nosotros. Ninguno podía hablar, ninguno quería mirarse para que no se le vieran los ojos brillantes.
¡Cómo quisiera saber hoy qué fue de ese chico! Ojalá la vida le haya sonreído y lo haya conducido por el camino hacia la felicidad.

Nuevamente mis páginas declinan hacia la emoción o la tristeza. No me lo he propuesto. La vida ha sido así, como dicen los viejos: una de cal y una de arena. Aunque nunca pude saber cuál es cuál. Sigo con algunos recuerdos de ese primer grado infantil.
En ese grado inicial se escribía todo el año solamente con lápiz. Hasta el año anterior, mi hermano Aldo, tres años adelantado, había estado escribiendo con la famosa pluma cucharita, mojando la tinta en el tintero. (Un modelo inmediatamente posterior al que usó Sarmiento.) Todos los bancos de mi escuela siguieron mostrando los agujeritos donde iban ubicados esos robustos tinteros de porcelana blanca. Allí estaban, en el armario de mi aula, pero, como dije: yo no llegué a usarlos. Cuando entré a primero inferior, (hoy segundo grado) empezamos a escribir con tinta. Pero ya fue con las lapiceras pluma fuente, con depósito interno para la tinta. Haciendo un chiste tonto podría decir que las otras fueron desechadas "de un plumazo". Entre estas nuevas lapiceras había algunas, las más baratas, que sólo tenían una especie de cilindro de goma que uno apretaba antes de introducir la punta en el tintero. Al soltarlo, la goma retomaba su forma y la tinta entraba sola a la lapicera. Después vinieron unas que cargaban la tinta como si fueran una pequeña jeringa de poner inyecciones. Y finalmente y sólo para algunos, las Sheefferd. (No estoy seguro si se escribía así.) Éstas venían con cartuchos de tinta que se compraban aparte y se ensartaban en una especie de pequeña aguja que tenía el cuerpo de la lapicera en su interior. Misteriosamente y por algunos años, en la escuela no se podía usar la birome. (Bolígrafo.) Luego supe que inicialmente con ella tampoco se podían firmar cheques ni documentos. Nunca entendí por qué.
Entre las lapiceras que cargaban tinta de un tintero, el "Mercedes Benz" era la Párker. Sospecho que escribiría igual que las otras pero era una marca renombrada que hasta tenía un modelo bañado en oro. En la escuela solía ser parte de algún regalo a alguna maestra que se jubilaba, cumplía años o a un alumno ejemplar. La mayoría de los chicos de mi época sólo las vimos de lejos o en alguna vitrina de una librería.
Otro elemento que se inventó, se puso a la venta y se prohibió, al menos para nosotros, fue el lápiz de tinta. Pero en éste al menos había un motivo: no se podía borrar. Y para ser considerada "lapicera" le faltaba claridad. Algunos, para que escribiera mejor y con más definición, le mojaban la punta con la lengua. Se podía saber quiénes hacían eso con sólo mirarles la boca color violeta.
A fines de mi paso por la primaria apareció el Simulcop. Era un librito con hojas de papel transparente como el de calcar. Contenía solamente dibujos alusivos a las distintas fechas patrias y a otras partes del programa de estudio. Para pasar esos dibujos al cuaderno era necesario poner la hoja que se quería calcar sobre el lugar deseado y luego pasar encima del dibujo, por el lado de atrás, con un lápiz, siguiendo las líneas. Antecesor rudimentario de la fotocopia, desapareció en pocos años. Conservo un ejemplar con algunos dibujos sin calcar.
En esos primeros años, para tomar agua en la escuela, existían unos vasitos plegables de plástico. Era un invento muy simple pero ingenioso y realmente útil. Si trato de explicarlo con términos técnicos ocuparé una hoja. El niño que quiera saber cómo eran que se lo pregunte a su padre o a su abuelo.
¿Quién no tuvo su Libreta de Ahorro en el Correo? Seguramente todos la tuvimos. Pero, ¿alguien sabe de alguno que haya logrado ahorrar un monto útil? Para los que no las conocieron les diré que la Libreta de Ahorro era, como su nombre indica, una libreta donde el niño iba pegando estampillas que compraba en el correo. Con el tiempo, según nos decían, íbamos a tener ahí, al alcance de la mano, una fortuna. Sólo había que comprar muchas estampillas, pensar bien en qué íbamos a gastar esa plata, y esperar,... esperar muchos años. Ignoro qué fue de la mía o de las de mis hermanos. No tenían muchas estampillas, no recuerdo haberme privado jamás de un helado o una golosina por ahorrar. Al menos conmigo, no funcionó ese incentivo.
Producto de la primaria de Aldo, mi hermano mayor, alcancé a ver en mi casa unos extraños libros de lectura que en ese tiempo fueron obligatorios. Todas sus páginas, supuestamente pensadas e impresas para niños, contenían claros mensajes políticos. Todos los mayores saben de qué hablo. Por suerte ese método vergonzante y hasta ilegal de propaganda política aplicada en las escuelas primarias parece haber desaparecido para siempre. Aunque hace un tiempo, en un manual escolar, apareció un nuevo "prócer" riojano, con anchas patillas, sin batallas, sin mérito y sin otra gloria conocida que la de haber enriquecido hasta sus más lejanos tataranietos.

Estoy escribiendo esta parte una siesta de enero del 2005. El calor es agobiante y me lleva a esas noches de verano en que nos acostábamos a dormir en el patio. Sacábamos colchones a un sector que, por ser la tapa de la pileta donde guardábamos el agua potable, estaba recubierto con una gran loza de cemento Allí armábamos las camas con colchones que trasladábamos desde la casa. A una distancia prudencial, para correr los mosquitos, encendíamos nuestros espirales caseros: una gran estopa de las que se usaban en el taller, mojada en gasoil o aceite. Echaban bastante humo y duraban al menos hasta que nos dormíamos; después llegaba la hora de la cena para los mosquitos.
Nuestro techo era el cielo estrellado, y a veces la luna. Como todavía éramos chicos, no habíamos ido al campo en esas salidas que duraban más de un día. Por eso no estábamos familiarizados con eso de dormir sin techo. Mi padre, boca arriba, miraba las estrellas y nosotros lo imitábamos. A veces algún trozo de roca entraba en la atmósfera dejando una raya brillante en el cielo. Para nosotros eso era "una estrella que se había caído". Mi padre nos explicaba todo, que eso que había caído era un aerolito, no una estrella, que el sol era sólo una estrella más y que desde muy lejos se vería igual de pequeño y se confundiría con las otras. Todo muy interesante y muy comprensible. Hasta que a mí se me ocurrió preguntar en dónde terminaba todo el "montón de espacio" que veía arriba. (No conocía la palabra universo.)
- No termina nunca - dijo mi padre.
- ¿Cómo no va a terminar nunca? - pregunté yo, algo alarmado pero dudando.
- No puede terminar nunca. Si vos llegás a un lugar y decís: "acá termina", yo te pregunto: ¿y qué hay un poco más allá? ¿Te das cuenta? No puede terminar, siempre hay algo "más allá".
- ¿Y en qué está apoyado todo? - pregunté, a esa altura aterrado.
- En nada. No hace falta que esté apoyado en nada porque en el espacio no hay arriba ni hay abajo - dijo mi padre, continuando por un rato con las explicaciones.
Esa noche no pude dormir. Me tapaba la cabeza intentando esconderme de toda esa inmensidad negra que me observaba desde allá arriba. (O allá abajo) Me parecía escuchar una voz interior que me decía:
- No te gastes, nunca lo entenderás...
Hoy, cincuenta años después, evito pensar en ése y en otros tantos misterios inexplicables de la vida e intento resignarme a morir sin saberlo. Sin embargo, ¡qué fácil sería si yo creyera en el Dios de las iglesias! Pero no he tenido esa suerte...

En Carnaval, además de disfrazarnos, salíamos "a mojar". (En el buen sentido de la palabra.) Especialmente las mujeres que en esos días debían salir en bicicleta eran víctimas seguras. En el mejor de los casos podían ser rociadas con un casi inofensivo pomo de goma. Digo "casi", porque a estos pomos a veces se les salía la tapa plástica y largaban un chorro que se metía hasta donde no debía. Más graves eran las bombitas, que a veces se dejaban algo desinfladas con la intención de que pegaran más fuerte antes de reventarse. También había quienes les agregaban sal para que, al secarse el agua, hicieran picar la piel. Si no era en una esquina, era en la próxima. Se formaban verdaderas patotas y había algunos barrios en donde entrar era sinónimo de salir bañado. (Y si te enojabas, podías salir también golpeado.)
Y el último martes de Carnaval, a la noche, la cosa era en el centro, todos contra todos y sin compasión. Cargábamos detrás de la camioneta de mi padre un tacho de fibrocemento lleno de agua y salíamos a la guerra. El campo de batalla era la avenida del centro. El que andaba con los vidrios bajos o detrás de una camioneta, sabía lo que le podía pasar y seguramente venía "armado" con un tacho lleno de bombitas. Algunos ventajeros aparecían con las sulfatadoras de la finca. Pero la ventaja que les daba el alcance del chorro se la quitaba el hecho de que el conductor del tractor iba a la intemperie y ligaba agua por todos lados. Nadie se enojaba.
Simultáneamente, todos esos días había bailes de Carnaval, con disfrazados y todo. Si éste no fuera un libro de recuerdos infantiles insertaría alguna anécdota sobre mayores disfrazados. Quedan pendientes para otro libro.

En esos años andaban los heladeros en bicicleta, tocando la flauta y gritando:
- Heladeroooo.
La mayoría sólo llevaban tres o cuatro gustos: chocolate, frutilla, limón y vainilla. Aunque pertenece a otra época más actual de mi vida, siendo ya mayor, por tener a un niño de protagonista, quiero incluir esta anécdota.
Cierta vez llegó un niño a vendernos helados, de esos que vienen envasados y se llevan en una conservadora instalada en la parrilla o el manubrio de una bicicleta.
- ¿No quieren comprar "Conogol"? - preguntó.
- No tenemos plata - dijo uno que estaba conmigo.
- ¿No recibís un documento? - le pregunté yo por hacerle un chiste.
- ¿Cómo es eso?
- Un documento,... un pagaré... Yo te pongo ahí que te voy a pagar los helados, lo firmo y listo - le contesté.
- ¿Y cuándo me lo va a pagar? - preguntó el niño.
- Y,... no sé, si quedamos en que te lo pago mañana, es mañana, según cómo escribamos ahí, en el documento- le dije.
- Bueno, ¿cuántos helados quieren? - dijo el chico abriendo la conservadora.
Nos comimos un "Conogol" cada uno (éramos dos) y en una hoja de cuaderno le hice el documento:
- "Pagaré al señor heladero XXXX la suma de tantos pesos por dos Conogol".
Firmé abajo y listo.
Al otro día a la siesta llegó el pibe con el documento. Con toda naturalidad, se lo pagué, me lo entregó y lo rompí. Volvimos a comprarle helados y a repetir el procedimiento. Vino varias veces. A veces ocurría que realmente no queríamos helados, pero él automáticamente decía:
- ¿No tienen plata? ¿Y qué problema hay? Me hacen un documento y listo.
Aunque parezca mentira, ese chico tan confiado y capaz de fiarnos unos helados a cambio de una hoja de cuaderno, hoy es dueño de dos mueblerías.


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