sábado, 14 de mayo de 2011

"Cuando yo era chico... " (Pag. 1 a 20)

- RUBÉN ANTOLÍN HEREDIA -

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Mis Abuelos Paternos Rafael Antolín y Carmen Guillén
Mis Abuelos Maternos Ramón Heredia y Dominga Caldas

3° Grado - Escuela Capital Federal N° 2
Cuando yo era chico...

Yo debo haber tenido dos o tres años. Estaba agachado, seguramente no mucho, mirando a mi padre por debajo de un auto de color oscuro. Él vestía mameluco azul y estaba haciendo algún arreglo a ese vehículo, parado en el fondo de la fosa.
Ese recuerdo es el más lejano en el tiempo que he logrado resucitar de mi memoria. Hoy sé que ese lugar era el taller que aún hoy existe junto a la casa de mis padres. Ese momento debe haber estado situado entre los años 1951/52. He regresado mentalmente a ese instante y he extendido los brazos buscando en los alrededores. No hay nada, todas las imágenes de esos, mis primeros años, que a veces confundo con recuerdos genuinos, han salido de viejas fotografías y se han fundido con la realidad.
Tengo otra imagen, que deduzco algo posterior: Héctor, mi hermano menor, vestido con lo que en ese momento se llamaba un bombachón, que era, según creo recordar, una especie de pantalón corto, amplio, para dar espacio al pañal, con puños elastizados y tiradores. Esa ropa era blanca. Estábamos por salir a algún lugar con mi madre y la esperábamos junto a la puerta trasera de la casa. Eso debe haber sido en el año 1953, pues mi hermano, nacido en el 51, ya caminaba.
Luego aparece Aldo, mi otro hermano, tres años mayor. Seguramente el año y pocos meses que me separan de Héctor hicieron que mi infancia se desarrollara en un ámbito de complicidad más cercano a éste. Aldo, a nuestra vista, siempre fue un viejo, tanto cuando empezó la escuela primaria, a los seis, como cuando, ya muy anciano, con doce o trece años, fue internado en el Colegio Santo Tomás de Aquino, en Rodeo del Medio, Mendoza. Allí terminó la primaria y comenzó la secundaria. Pero esa es otra historia que llegará más adelante. Sigamos con los primeros recuerdos y ya ubicados en el tiempo, definamos el lugar.
Nuestra casa paterna está situada sobre el margen oeste de la Avenida Libertador Norte, a la entrada de General Alvear. Esta Avenida se superpone con la ruta 143 que de norte a sur cruza la ciudad. En nuestro sector, en aquellos años, esa ruta estaba bordeada al lado este por un canal y una alameda. Frente a mi casa, en diagonal, a unos cien metros, comienza, la calle Chacabuco. Actualmente esa calle es el desvío del tránsito pesado. En ese entonces todo era tierra y la mayoría de las calles estaban acompañadas a ambos lados por acequias y arboledas. (Acequias por las que, en verano, corría abundante agua de riego. Hoy sólo cumplen la función de desagote en casos de lluvia.)
Allí, donde comienza la calle Chacabuco, en la esquina sureste, estaba la casa de mi abuelo materno. Y hacia el Norte, a cien metros, en la esquina oeste, donde nace la calle Uspallata, vivía mi abuelo paterno. Es decir, tenía unos abuelos a cada lado, a una distancia similar que, en ese entonces, se consideraba muy cercana. Aquí, el lector que no conozca nuestra familia deberá perdonarme que incluya un pequeño árbol genealógico que prometo no pasará de mis bisabuelos. Si nadie lo ha dicho aún, lo digo yo: un ser humano no es nada por sí mismo, se debe a por lo menos dos generaciones anteriores a las que está firmemente ligado y debe recordar siempre. Allí deberá buscar todos sus rasgos negativos
 y agradecer los positivos. El que no lo crea así deberá hacerse revisar por un veterinario, pues seguramente pertenece a una raza híbrida.
El padre de mi mamá se llamaba Ramón Pellegrino Heredia. Nació posiblemente en Santa Fe, en un fortín sobre el río Paraná. Su madre, Juana Nogués, había quedado huérfana en la frontera Vasco Francesa y fue traída al país siendo bebé por una familia que llegó a vivir a ese fortín. Su padre, Gregorio Heredia, era mestizo, hijo de una criolla y un indio de una raza del lugar que lamentablemente desconozco, pero al que le agradezco los genes que me unen a esta tierra.
Mi abuela materna era Dominga Caldas. Hija de Joaquín Caldas, español, inmigrante, y Dolores Aguilar, criolla.
Mi abuelo Ramón Heredia, después de haber vivido en otros puntos del país, formó su familia en Huinca Renancó, ciudad cordobesa cercana al límite con la Pampa. Luego, y siempre detrás del trabajo, recorrió distintos pueblos del sur de las provincias de Córdoba y San Luis y llegó a Montecomán. Repartidos en esos lugares donde la familia vivió, fueron naciendo sus once hijos: Ricardo, Elsa, (mi madre), Alicia, Martha, Amalia, Enriqueta, Joaquina, Mercedes, Juana, Leonor y Roberto. (Roberto tenía mi edad y también falleció recientemente.)
Mi abuelo Ramón era, para nosotros, el abuelo gaucho. Vestía bombachas, usaba sombrero y andaba a caballo o en sulky. Como dije, había vivido y trabajado mucho en el campo, en unos años en que la mayoría de las cosas se hacían a mano. Llevaba mucho cansancio en sus huesos y cuando llegó el momento de envejecer ese desgaste se hizo notar en su salud.
Mi abuelo paterno se llamaba Rafael Felipe Antonio León Antolín Sebastián. Con todos esos nombres es fácil adivinar que era español; había nacido en el año 1890 en un pequeño pueblo llamado Tahal, en la provincia de Almería. - Hace poco estuve buscando en Internet datos de ese pueblo. En momentos en que escribo esto, año 2005, tiene 492 habitantes. No quiero pensar cuántos habrá tenido cuando mi abuelo era niño.
Sus padres, mis bisabuelos se llamaban Ramón Antolín y Celia Sebastián. En esos años (1906) España estaba en guerra con Cuba. Los jóvenes españoles que eran enviados a pelear a ese lugar tan lejano, no regresaban. Mi bisabuelo, ante la posibilidad de perder a su único hijo en una guerra con la que seguramente no estaba de acuerdo, lo subió a un barco y lo envió solo hacia América. Tenía apenas diecisiete años y jamás volvió a ver a ninguno de sus parientes españoles. Al poco tiempo de estar en la Argentina comenzó a trabajar en el ferrocarril San Martín, en la línea que llegaba a Montecomán y pasaba hacia San Rafael. Una vez allí y después de alternar en distintos trabajos, eligió a esta tierra, según él tan parecida a la suya, para quedarse y fundar su familia.
Pero todavía estaba solo. Supo de algún modo que a San Rafael habían llegado unos inmigrantes apellidados Guillén, que casualmente provenían de su mismo pueblo, Tahal, ya nombrado. (Posteriormente esa familia Guillén se radicó en la zona de La Olla, a 11 kilómetros de mi ciudad, donde una calle eterniza su apellido.) Fue a visitarlos, de un modo que desconozco, en una época en la que seguramente no había colectivos. Y allí se encontró con Carmen Guillén, la que sería mi abuela. Se conocían de niños y el destino los había unido aquí, a miles de kilómetros de su tierra natal. Posiblemente para mi abuelo eso haya sido una señal. Vivieron juntos y felices hasta la muerte de mi abuela, dejando cinco hijos: Ramón (el mayor y mi padre), Celia, Juan, Rafael y Joaquín. Hoy, año 2005, todos han fallecido.
La imagen que me ha quedado de mi abuelo Rafael es la de un viejito petiso y algo gordito, canoso, de rostro sonrosado, podando la viña o injertando, caminando por el callejón de su finca, manejando su jeep, (un peligro) y finalmente, por mucho tiempo, sentado en una silla mecedora en el frente de su casa, simplemente viviendo. O tal vez esperando. Allí estaba, infaltable, todas las tardes, en la esquina de la Avenida Libertador Norte y Uspallata, mirando pasar la vida de los otros y seguramente recordando esa España que no volvió a ver jamás.

Ya dije que mi casa estaba sobre una calle importante pero, como la mayoría de entonces, era de tierra apisonada. Aunque siempre estuvo proyectada del amplio ancho que hoy ostenta, la Avenida Libertador Norte, en ese momento era angosta, con una banquina de varios metros que la alejaba de las pocas casas que había en ese sector, a siete cuadras del centro. El asfalto llegó siendo yo muy niño, pero sólo cubrió, en forma muy angosta, el sector central, apenas para dar paso a dos vehículos en sentidos opuestos.
El frente de la finca que daba a la citada Avenida Libertador San Martín fue dividido por mi abuelo en cinco lotes iguales destinados uno a cada uno de sus hijos. Mi padre, el mayor, fue el primero en casarse y obtuvo el primero, comenzando desde el sur. En un principio, mientras se construía la casa familiar, mis padres vivieron en una pequeña casita construida a pocos metros de la casa de mis abuelos. Allí nació mi hermano Aldo y en octubre de 1949, llegué yo. Dos meses más tarde, en Navidad, los cuatro nos mudamos a la nueva casa, en la ubicación actual.
Dejamos momentáneamente el relato familiar y vamos con algunos recuerdos que han comenzado a aparecer entre las cenizas del pasado:
El matadero de vacas estaba sobre la ruta 188, en el cruce con la calle cinco. Allí iban a parar los animales que, una vez faenados, se consumían en las carnicerías locales y de la zona. Mi abuelo Ramón trabajó alguna vez en ese lugar. Creo que fue en ese trabajo que recibió una patada de caballo en la cabeza que casi lo mata. Me parece verlo, en la cama, con una toalla mojada sobre la frente, seguramente la única asistencia que recibió. Pero el recuerdo que hoy regresa a mis ojos es el de las tropas de vacas que pasaban frente a mi casa. En esos años, ése era el único modo de trasladarlas desde el campo, ya fuera con destino al matadero o hasta la estación de ferrocarril. Para nosotros, a pesar de que ese hecho debe haber ocurrido por lo menos una vez a la semana, ver pasar esas tropas de vacas, era un suceso similar a la llegada de un circo.
El primero de los tres hermanos que a lo lejos advertía la polvareda, entre los silbidos y órdenes de los arrieros, desesperando a todos los perros de la zona, corría alertando a los otros dos al grito de:
- ¡Las vacas! ¡Las vacas! ¡Vienen las vacas!
El más osado, jugándose la vida (a nuestro entender) cerraba el amplio portón que entraba a nuestro patio, a veces con esos terribles animales a escasos metros de distancia. Luego nos subíamos a la seguridad de la verja, de un metro sesenta de altura, y desde allí podíamos ver pasar a nuestro lado a estos inmensos cuadrúpedos, mugiendo y abarcando todo el ancho de la calle y las veredas, cansados de caminar vaya a saber desde dónde y mirándonos con desconfianza con sus grandes ojos negros.
A veces su llegada era inadvertida y alguna vaca equivocaba el camino y entraba a nuestro patio delantero. Desde lugares seguros, donde trepábamos como gatos espantados, veíamos cuando alguno de los troperos, allá arriba, casi tocando el cielo, sobre ese caballo gigante, la seguía y la arriaba nuevamente hacia la tropa.
Como dije, para nosotros ese acontecimiento tenía una importancia similar a la de un circo, y esas pobres vacas una peligrosidad comparable a la de los osos polares que muchos años después pude ver de cerca en el Circo Orlando Orfei.

Mi padre tenía una chatita, así se denominaba a las camionetas de esos años. Todas las marcas diseñaban sus modelos muy parecidos, una tendencia que hoy ha retornado y se da entre los vehículos actuales.
La chata de mi padre era marca Rugby, de apariencia muy similar al Ford A, aunque de mecánica algo más refinada. Él fue el primero de la familia que llegó a comprar un vehículo y su elección no fue casual: a mi padre le encantaba la caza. Los inviernos de mi infancia eran sinónimos de cacería, más específicamente entonces, cacería de guanacos. En ese momento y por décadas, esas expediciones se realizaban al Cerro Nevado, a un centenar de kilómetros de mi ciudad, por huellas y senderos que a veces sólo mi padre o algunos de sus acompañantes conocían. Llegaban en esa chatita Rugby hasta donde el paisaje se los permitía, casi siempre un puesto de gente amiga, y luego, a caballo, salían a buscar las tropas de guanacos. En algunas oportunidades acampaban sobre la nieve o eran sorprendidos por ésta en pleno campo. Y aquí aparecen imágenes lejanas, hoy renovadas por medio de las viejas y pequeñas fotos en blanco y negro que cuido como lo que son, un verdadero tesoro para cualquiera de los tres hermanos. Allí está mi padre, mis tíos y sus amigos, cual guerrilleros de Afganistán, con gruesos camperones de cuero, botines militares y gorras de piel con orejeras, posando con sus armas junto a la "camioneta", cargada con algunos guanacos. Al evocar esos momentos me parece estar oliendo el perfume a "campo" de mi padre, a una hora indeterminada de la noche, despertándome con un beso, raspándome con su barba de dos o tres días, (terror de los peluqueros que debían afeitarlo) y diciéndome:
- Ya volví.
- ¿Cuántos cazaste? - preguntaba yo entreabriendo los ojos.
A veces eran sólo uno o dos, pero la mayoría de las veces pasaban de cinco. (Más adelante la cifra ascendería.)

(Fotos Viejas familiares en: 
  https://www.facebook.com/media/set/?set=a.1418266210100.2056650.1035962185 )
A la mañana la fiesta comenzaba. Lo primero que hacíamos, sin desayunar, era correr al galpón a ver los guanacos. Allí estaban, sobre el piso de cemento, esperando ser repartidos y luego despostados para su destino inmediato: chorizos. El olor característico del tomillo, pegado a la lana de estos animales, se ha eternizado en mi nariz y cada vez que lo percibo, ya sea en el campo o en cualquier lugar, puedo ver claramente a los guanacos, inmensos y anaranjados, con sus ojos negros, ya opacos, y sus largas pestañas, muertos para siempre sobre el piso de cemento del galpón. En esas excursiones también caían avestruces, liebres criollas (maras), vizcachas, piches y todo bicho que caminara y se cruzara en la huella.
A veces ayudábamos a los que cuereaban teniendo alguna pata o, más valientes, una oreja. Todo lo relacionado con la cacería era sensacional para nosotros. Las armas que descansaban apoyadas en la pared, hasta que eran limpiadas, aceitadas y guardadas en sus fundas, los grandes "monos", que así se denominaba a los elementos de cama, a veces bolsas hechas con cueros de ovejas y otras simples atados de frazadas. Y el cajón con tapa donde mi padre llevaba las provisiones, literalmente saqueado por nosotros en busca de alguna olvidada tableta de chocolate.
No exagero si digo que para nosotros el Cerro Nevado era el África salvaje e inexplorada y mi padre una especie de Búfalo Bill que nos traía comida.
Reconozco que, posiblemente, las cacerías de mi padre (Y las nuestras, algunos años después) deben haber contribuido al desequilibrio ecológico, en esos años desconocido, de esa amplia zona natural. Pero debo decir también, si se me permite una defensa, que en mi casa jamás se tiró un solo kilo de la carne obtenida en esas salidas. En la misma mañana siguiente a la llegada de uno de esos viajes, se repartían los guanacos entre los que habían participado del viaje. Mi padre, de la parte que le correspondía, separaba las piernas y las paletas, para hacer chorizos, y algunos lomos, para las milanesas incomparables que hacía mi madre. El resto lo regalaba. A veces era a empleados de la fábrica, otras veces a gente humilde (en ese entonces y por mucho tiempo sin ninguna asistencia social) que se acercaban a pedir. De algún modo, la noticia del regreso de mi padre, se conocía y se hacía circular. Recuerdo a chicos en pantalones cortos, calzados con alpargatas, pisando la nieve en la entrada de mi casa, preguntando si teníamos algo de carne de guanaco. Y también recuerdo el placer personal que me daba envolver algún trozo, entregarlo a cambio de una sonrisa, y sentir que, al menos por ese día, estaba ayudando a alguien. Esos recuerdos y otros similares me cuentan que en ese entonces la palabra "pobreza" y “miseria” tenían un significado más definido. Por suerte, con la creación y aplicación de distintos planes sociales, esos años parecen haber pasado. (Les perdono que generalmente sean usados políticamente porque su inexistencia sería peor.)
Al oscurecer, despedazado sobre un mesón levemente inclinado, sólo quedaba la carne que se iba a usar en los chorizos. Allí era dejada toda la noche largando el agua. A esa carne luego se le agregaría tocino de chancho. Al anochecer del día siguiente todos los chorizos estaban colgados en el techo del galpón.
Voy a hacer una breve referencia a esto. Hace muchos años que me he prometido no volver a matar jamás un guanaco y así ha de ser, no seré yo quién apriete ese gatillo. Pero no he podido borrar de mi boca el exquisito sabor de esos chorizos secos que se hacían en mi casa, como tampoco el de las milanesas que hacía mi madre con la carne de los lomos. 

Segura e inevitablemente gran parte de este libro va a estar poblada de anécdotas que contienen o nombran a mi padre. Fue el primero en partir, el hombre más bueno y comprensivo que llegaré a conocer en esta vida; pero no es sólo eso lo que me lleva a escribir sus cosas. Nosotros somos tres hijos varones y era lógico que nos identificáramos con él y tratáramos de seguir sus pasos. Así fue que todos, en mayor o menor medida, heredamos la afición por las armas, la cacería, la mecánica y todo lo que fuera acumular conocimientos sobre los temas más diversos. Mi padre sabía mucho, pero lo que no sabía lo aprendía junto a nosotros. Investigaba y leía mucho y tenía una memoria increíble que en parte creo haber heredado. El siglo avanzaba rápidamente y cada día aparecían nuevas cosas que conocer, entender e incorporar a la vida.
Cuando mis padres se casaron, él trabajaba en el taller mecánico de Don José Cagliero, en Alvear Oeste. (O Pueblo Luna.) Hasta allí se trasladaba todos los días en bicicleta, por calles de tierra sin mantenimiento. Luego pasó a trabajar en la agencia Chevrolet, de Velasco y Domper, sobre las calles Belgrano y Paso de Los Andes. Antes de construir la que sería nuestra casa familiar, al norte de ese lote construyó un galpón y abrió su propio taller mecánico. Se asoció en el trabajo con su gran amigo, posiblemente el mejor, su hermano de toda la vida, Don Ángel Díaz. Ángel trabajaba hasta entonces en la Cooperativa Eléctrica. De idénticos gustos y una coincidencia total en todo, llegado el momento, ambos compraron chatas similares, primero marca Rugby. Luego, simultáneamente, las cambiaron por Baqueanos Ika y finalmente, también en el mismo instante, por Gladiator, de la nombrada marca Ika.
Aunque Ángel siempre fue y será - vivo o muerto y reencarnado - eternamente fanático de la marca Chevrolet, (de la cual luego tuvo otros vehículos), en ese momento la fabrica Ika (Industrias Káiser Argentina, hoy Renault) era la única que ofrecía vehículos doble tracción, más aptos para los caminos del campo.
Yo lo recuerdo a Ángel siempre cercano a mi casa, como un tío más, algo bajo, gordito y serio, aunque de aspecto buenísimo, siempre con mameluco, un excelente ser humano a quién agradezco la gran amistad que tuvo con mi padre en vida y que permanece inalterable en los que quedamos. Desde la partida de mi padre he evitado ir a verlo. Esa pérdida está intacta en mí y no puedo ni siquiera pasar cerca de la casa de quién fue su amigo más querido sin revivir ese dolor. Vaya como una disculpa y una justificación de mi ausencia a esa familia que sigo queriendo como a la mía.

Antes de salir de las actividades propias del invierno recordaré los carneos. Aunque la computadora me marque un error en esta palabra, así se le llama en Argentina al hecho de matar uno o más chanchos y transformarlos en chorizos y jamones. En eso las tareas se asemejan o son iguales en gran parte a lo ya relatado sobre el aprovechamiento de la carne de guanaco. Las diferencias están en otra parte. Los pobres chanchos, que creían haber nacido en la nobleza por la cantidad de comida que se les estaba dando en los últimos meses, despiertan una mañana frente a unos hombres que quieren afeitarles el cuello. Lo único que pueden hacer es gritar. Y lo hacen estridentemente. En los fríos inviernos de mi niñez era común por las mañanas escuchar los gritos lejanos de los chanchos que se estaban matando. Los carneos, hoy derivados casi exclusivamente a las fincas, antes se llevaban a cabo en casas que a veces estaban a pocos metros de la avenida central.
Esta anécdota ocurrió cuando nosotros ya teníamos doce o más años, pero al ser relativa a uno de esos carneos, debo incluirla aquí.
Una mañana en que mis padres estaban preparando todo para carnear, tuvieron la mala idea de pedir nuestra ayuda. En mi casa estaba uno de nuestros amigos, Juan Carlos López. Juan Carlos ha sido siempre un hermano más. Lo nombro porque considero que también debe hacerse responsable de su participación en los hechos que paso a relatar y en otros que piadosamente omitiré: Como decía, nos pidieron que mantuviéramos caliente el gran tacho de agua que se usaría para pelar los chanchos, después de muertos. Nuestra tarea era mantener el fuego con bastante leña debajo del gran tacho que ya había comenzado a hervir. Mientras tanto mi padre y sus ayudantes salieron en la camioneta hacia una finca cercana a buscar los chanchos que le había comprado a un señor de apellido Salice. Nos quedamos solos, mirando el fuego y agregándole leña innecesaria. Hasta que comenzamos a aburrirnos. Para calentarnos y distraernos, íbamos y veníamos, inquietos. Subimos a la gran pila de leña, amontonada contra la medianera que daba a la casa del vecino. Del otro lado, junto a esa pared, había un pequeño gallinero. En la casa vecina todo era silencio y parecía no haber nadie.
Alguien propuso:                           
- ¿Y si les echamos un poquito de agua caliente a las gallinas?
Subimos a la pila con un balde humeante y lo vaciamos sobre las aves. Por lo visto, a pesar de hacer mucho frío, a las gallinas la temperatura del agua les pareció algo elevada, porque cacareaban y saltaban hasta alturas nunca vistas.
- Para que no les haga mal, ahora vamos a echarles agua fría - dijo otro, con buen criterio.
Les vaciamos encima un baldazo de agua a poco más de cero grado, como salía de la canilla en esa fría mañana de julio o agosto. Las gallinas parecieron reponerse un poco, pero pronto calculamos que ese agua fría tal vez podría resfriarlas. Otra vez les echamos agua hirviendo y otra vez ellas a saltar agradecidas, o tal vez molestas, no podíamos entender sus fuertes cacareos. Así, subiendo y bajando de la pila de leña y alternando las temperaturas, fuimos gastando toda el agua del tacho destinado a pelar los chanchos. Cuando mi papá llegó con los animales listos para matar, nosotros estábamos llenando nuevamente el tacho. No recuerdo qué excusa pusimos, pero seguramente no dijimos la verdad. Del otro lado de la medianera, las gallinas, a medio cocinar, seguían cacareando. Tiene razón, éramos unos salvajes, por suerte crecimos...
Volvamos a la parte histórica, inevitable para entender algunas de las anécdotas que irán surgiendo. Como pronto advertirán, el orden de las anécdotas no será cronológico.
Cuando yo tenía unos cuatro o cinco años, mi padre se unió a sus hermanos en la actividad que estos habían continuado de mi abuelo Rafael: secadero y empaque de frutas de la zona. Mi tío Juan aún no se había instalado en Buenos Aires, pero viajaba permanentemente en tren llevando consigo esos productos. Esa empresa (Antolín Hermanos S.A.), creció rápidamente y en pocos años llegó a ser en su rubro la más importante del departamento. Así fue que en algún momento, ya en la escuela y con unos diez años, alguien me dijo que yo "era rico". Yo no había advertido nada que me hiciera pensar en esa posibilidad. En ese entonces no había televisión para nadie, en casa teníamos una radio a válvulas, similar a las que había en casi todas las casas. Recientemente habíamos comprado lo que se llamaba un tocadiscos. Hoy le llamaría una bandeja giradiscos, porque de eso se trataba. Se conectaba a la radio por la entrada auxiliar y se podían escuchar hasta el hartazgo los discos 33, 45 o 78 r.p.m. que comenzamos a comprar. (Creo que los long plays aún no existían.)
Hasta hacía poco tiempo mi madre había estado cocinando en una cocina a leña que luego fue reemplazada por la que aún hoy tiene, Marca Orbis, de un enlozado eterno. La de leña era de fundición, enlozada en color amarillo, y en invierno también servía de estufa. Si yo tuviera un peso por cada kilo de dulce o cada torta frita que mi madre hizo en esa cocina...
No había agua corriente en ese sector de la ciudad, el agua potable que tomábamos era traída desde la municipalidad por un camión tanque que llegaba semanalmente. La descargaba en una pileta de cemento que aún existe, junto a la casa, y desde allí, con un bombeador, era subida al tanque del techo.
También teníamos un teléfono; estaba en una tabla lustrada, ubicado contra la pared. Para hablar había que levantar el tubo y ponérselo en el oído, (el micrófono quedaba fijo en el aparato), luego se le daban tres vueltas a la manijita que tenía a la derecha, la operadora atendía y preguntaba:
- ¿Número?
Uno le decía el número y en un momento le contestaban. Para hablar a larga distancia siempre había "demora". Podía ser quince minutos o dos horas, según la cantidad de gente que estuviera intentando hablar por esa línea. Los únicos números de aquella época que recuerdo son el 495, de mi casa y el 409, del escritorio de la fábrica. Luego se les fue agregando delante el 3, el 2 y el 4, en ese orden.
Teníamos una heladera "a hielo". (Hoy se la llamaría conservadora.) No tenía equipo de frío; funcionaba poniendo en la parte superior una barra de hielo que comprábamos en la Cooperativa Eléctrica. (En ese entonces se denominaba "La Usina") Íbamos a buscarla en la chatita Rugby, toda la familia, generalmente a la tardecita, cuando mi padre regresaba de la fábrica. Dos mayores y tres niños en una pequeña camioneta, similar en tamaño a una Ford A. Mi hermano menor se sentaba en un pequeño tronco de álamo cortado a su medida y ubicado en el pequeño espacio que quedaba al lado de las piernas de mi madre. Aldo y yo entre medio de mis padres, esquivando la palanca de cambios hasta que mi papá lograba poner la tercera. A la vuelta nosotros tres íbamos atrás, sentados sobre la barra de hielo, congelándonos los intestinos. Durante el regreso a casa tratábamos de arrancar un pedazo de hielo para chupar. Ése era nuestro gran placer, no nos hacían tanta falta los helados.
Unos años más tarde cambiamos esa heladera por una eléctrica. Las vendía mi tío Joaquín, en un negocio que se llamaba Finanfor y estaba ubicado junto a la Ferretería Bergós. Hoy, esa heladera eléctrica, marca Cordex, con cincuenta años encima, también está intacta y funcionando perfectamente en la cocina de mi madre. ¡Qué diferencia con la calidad de los productos que hoy se pueden comprar!
Pero no entendí, y me molestó, cuando me dijeron, con un dejo de envidia, que yo "era rico". Como ya dije, en ese entonces existía una pobreza distinta, que comenzaba en un escalón muy bajo, pero así y todo, creo recordar que nuestro modo de vida no era tan distinto al de la mayoría.
Recuerdo que al llegar a casa se lo pregunté a mi padre y la sonrisa comprensiva con que me respondió:
- No. Aquí, en el pueblo, puede ser que tengamos algunas pocas cosas que otros no tienen, pero eso no es ser rico. Vos no tenés que pensar en eso...
No lo éramos, nunca lo fuimos. Quizá, como dijo mi padre, comparados con las familias que vivían de un empleo - muchas de ellas en nuestro secadero - o con la familia del niño que me lo dijo, yo era el hijo de un potentado, que hasta tenía una chatita Rugby. Pero nunca lo sentí así, ni en ese momento ni más adelante cuando realmente nuestra empresa prosperó, se hizo grande y nos permitió algunos pequeños lujos de clase media alta. Jamás me sentí distinto por lo que circunstancialmente pudiera llevar en el bolsillo; quienes me han conocido saben que es así. De mi infancia conservo a muchos amigos que conocí humildes; felizmente, la mayoría de ellos hoy tienen una situación económica mejor que la mía.

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