sábado, 14 de mayo de 2011

Pag. 51 a 62


Así como mi padre fue un inventor que encontraba ingeniosas soluciones técnicas a problemas que habían desvelado a otros, mi tío Joaquín, el menor de los hermanos Antolín, fue en algunos aspectos un adelantado o lo que se podría llamar un visionario. En los años sesenta, representando al Club de Leones, viajó a Estados Unidos y trajo de allí varias ideas que aquí podrían haber dado frutos si no fuera por un detalle fundamental: estaba aplicándolas en la Argentina y en un pequeño pueblo provinciano. Fue el primero en poner una financiera donde se vendían heladeras y otros artículos del hogar, financiados en cómodas cuotas mensuales. En su momento también vendió allí motonetas Siambretta y esos pequeños y raros automóviles conocidos como "Ratones Alemanes". En esos años de auge de la aviación privada, sin saber volar, compró un avión de seis plazas. Pensaba destinarlo a llevar pasajeros hasta Mendoza y Neuquén. Ese avión, totalmente construido de aluminio, con el motor de seis cilindros invertido, estuvo muchos años guardado en el fondo del hangar del Aero Club. Y por último puso un supermercado autoservicio, el primero del departamento, en la esquina noroeste de la Avenida Alvear Oeste y calle 26 de Julio, frente al Banco. Se llamaba Supermercado Autoservicio Atuel. Recuerdo que a nosotros, los niños, nos parecía increíble que en un negocio se permitiera que un cliente pudiera tomar libremente un producto de la estantería y llevarlo en sus manos hasta la caja, ubicada a la salida.
También crió conejos y codornices, con mentalidad empresaria. Por una u otra razón, todos esos proyectos y otros que he olvidado, novedosos en su momento, fallaron o no dieron los frutos esperados. Pero él los llevó a cabo. Poco tiempo antes de su muerte, hablando de eso, me dijo algo que coincidía exactamente con el que siempre ha sido mi modo de pensar:
- La única forma de saber si algo anda, es echándolo a andar. 
Un mediodía de septiembre decidió irse para siempre al lugar donde ya lo esperaban sus padres, su esposa y todos sus hermanos. Se había ido el último de los hermanos Antolín. Y todos los que quedamos ascendimos un lugar en la lista...

Cuando Aldo, mi hermano mayor tuvo doce años, mis padres, seguramente debido a algunas notas bajas, decidieron internarlo en un colegio religioso, ubicado en la ciudad de Mendoza y llamado Santo Tomás de Aquino. Allá fuimos a dejarlo después de los viajes y trámites pertinentes. Los fines de semana los pasaría en casa de unos tíos, primos de mi madre. A partir de ese acontecimiento comenzamos a viajar muy seguido a la ciudad de Mendoza y, debido a que mi tío, Julio Grag, trabajaba siempre en algún sector de la organización de la Fiesta de la Vendimia, concurrimos a varios de esos eventos con ubicación privilegiada. A raíz de esos viajes también tuvimos la posibilidad de descubrir muchos lugares secretos de esa hermosa ciudad que fue y es nuestra capital provincial. Mientras mis padres dormían la siesta, nosotros salíamos en tranvía o en trolebús a recorrer el centro. A veces llegábamos al parque San Martín y recorríamos el zoológico. En la entrada de ese parque, cerca de los famosos portones de hierro que aún hoy lo identifican ante el mundo, pudimos conocer los famosos "Mateos", coches descubiertos tirados por caballos (casi siempre negros) que recorrían el parque por un valor, en ese entonces, muy bajo. También llegamos a viajar en las "bañaderas", una especie de colectivos sin techo, especialmente diseñados para turistas que no querían perderse ni un centímetro cuadrado de paisaje.
Durante algunos años era raro el mes en el que no viajáramos al menos una vez a Mendoza. Creo que no nos quedó plaza, calle, vidriera, heladería ni cine por conocer. Derivado de esos viajes y de las cosas que allí veíamos al alcance de la mano y a veces del bolsillo, comenzó a gustarnos el aeromodelismo. Junto a Héctor, dedicamos todo nuestro tiempo libre y todos nuestros ahorros a este deporte que nos acercaba a lo que ya era nuestra pasión, heredada de mi padre: los motores de explosión, en este caso de pequeño tamaño. Hace poco supe por Internet que esos motores que nosotros usábamos en nuestros primeros avioncitos a principios de los sesenta - Baby Bee y Pee Wee - de la marca Cox, importados de Estados Unidos, aún se siguen fabricando exactamente iguales y son los más usados en el mundo.
Repasando las cosas novedosas que sólo podíamos encontrar y disfrutar en la ciudad de Mendoza, recordé el Cinerama. Ya habíamos visto hacía algunos años el cine tridimensional, extraordinario invento que, de no ser por los anteojos obligados para apreciarlo, (un lente azul y el otro rojo) nos situaba prácticamente "dentro" de la escena, dándonos la sensación de haber caído en medio de una pelea de vaqueros e indios o enfrentarnos cara a cara con el maniático de "Museo de cera", clásica obra de arte del género terror. Pero el Cinerama era otra cosa, allí la escena realmente nos rodeaba. Una amplia pantalla que abarcaba casi 180 grados, proyectada por tres cámaras sincronizadas, nos hacía tomarnos de la butaca, aterrados, cuando los carritos de la montaña rusa emprendían la bajada o cuando enfrentábamos una estampida de bisontes. El cine se llamaba City y estaba ubicado en la galería Tonsa. Comenzaba a funcionar poco después de las dos de la tarde. A esa hora estábamos allí, listos a emprender la aventura. Adentro nos esperaba un ambiente cálido en invierno y fresco en verano, contrario a lo que estábamos acostumbrados en nuestros cines locales. Y nos esperaba otra cosa: los bombones helados. Eran riquísimos y característicos de ese ambiente, en cuanto uno entraba podía escuchar al vendedor, con un cajoncito colgando del cuello, anunciándolos:
- Bombón helado... Bombón helado...
No daba abasto. Era parte del espectáculo y nadie se quedaba sin llamarlo. (Recuérdese que en ese entonces, en nuestra ciudad los helados sólo se comían en verano y en invierno era imposible conseguirlos.)
Las películas de ese formato estaban todas pensadas para aprovechar la posibilidad de integrar al espectador a la escena con tanta sensación de realidad como el cine tridimensional, pero sin los molestos anteojos de cartón. Siempre había lugares peligrosos, grandes alturas o ríos caudalosos, animales feroces o escenas en las cuales se circulaba a velocidades vertiginosas al borde de un barranco o por una ruta muy angosta en contramano. El desastre estaba siempre ahí y lo disfrutábamos cada segundo prendidos de la butaca y cuidándonos de reojo de los peligros que siempre aparecían de los costados.
Antes de alejarme de estos años en que viajábamos tanto a nuestra capital provincial, quiero contar algo que le pasó a mi padre una noche, estando en esa ciudad. La casa de mis tíos quedaba sobre la calle Colón, al 600, en una zona que hoy es pleno centro pero que entonces era algo oscura. Mi padre aseguraba el toldo de la camioneta con un pequeño candado que unía las sogas que cerraban las aberturas. Con eso bastaba, hoy día con esa seguridad nos habrían robado hasta el motor.
En eso estaba una noche, ya cerca de la hora de acostarnos, cerrando bien la camioneta, cuando vio que, en la esquina, entre dos hombres le estaban pegando a uno. Le pareció muy despareja la cosa y corrió a apartarlos. Al ver que los agresores no dejaban a su víctima, los apuntó con el candado que tenía en la mano y al mejor estilo cinematográfico, les ordenó:
- ¡Si no lo dejan, los quemo!
Los tipos dejaron al golpeado y se apartaron levantando las manos. En la oscuridad no podían ver con qué les estaban apuntando. El que estaba en el piso salió corriendo y los otros, ignorando la amenaza letal del candado de mi papá, salieron detrás, gritando:
- ¡Es un ladrón, atájenlo!
Esto debe de haber desconcertado un poco a mi padre, porque retrocedió hasta el pasillo donde se entraba a casa de mis tíos y donde ya estábamos nosotros. Allí se quedó y desde allí pudimos ver todos como los dos “agresores” alcanzaban nuevamente al otro, lo tiraban al suelo y lo inmovilizaban. Momentos después, llegó el auto de la policía y lo esposaron como lo que realmente era: un ladrón que esa tarde le había robado una moto a uno de los que le pegaban.
- ¡Eran dos! ¡Había otro que nos apuntó con un arma! ¡Se escapó para allá! - le decía uno de los tipos a los policías.
Ese otro cómplice estaba escondido en el pasillo que entraba a la casa de mi tío... y era muy parecido a mi papá.

Cambiando de tema, estoy recordando la música de aquellos años, a comienzos de los sesenta. Los éxitos llegaban y se instalaban en nuestros oídos por mucho más tiempo que ahora. Y no era voluntariamente, las radios insistían e insistían hasta que, o nos gustaba... o nos gustaba. Aprendíamos las letras hasta de las canciones en ingles: Así andábamos por la finca, cazando pajaritos y cantando "Only you", de los ya famosos e inmortales Plateros. Neil Sedaka y Paul Anka aparecieron por ese entonces. ¿Quién no cantó "Oh, Carol"?
Aquí, en el país, ya había algunos cantantes populares que precedían lo que muy poco después llegaría con El Club del Clan. Billy Cafaro, ya nombrado en otra anécdota, era uno de ellos. Usaba gorra, una pequeña barba en la pera y camperas de cuero. Cantaba una canción llamada Pity Pity y otros rock and rolls similares. Con ese Pity Pity realmente nos aburrió. Como contrapartida, aparecieron algunos grupos folklóricos que se convirtieron en referentes eternos e inevitables, incluso hoy a la hora de hablar de nuestra música. Uno de los éxitos que llegó hasta el más remoto centímetro cuadrado del territorio argentino y hasta el último de sus oídos, fue la zamba "Angélica", de Roberto Cambaré, cantada por los Quilla Huasi. El que, teniendo más de cincuenta años, no se sepa la letra de "Angélica" es porque en esa época estuvo sordo o fuera del país. ¡Cómo nos aburrieron con esa zamba! Inmediatamente después contraatacaron Los Fronterizos con la "Zamba del Indio Muerto", (Popularmente conocida como "El Indio Poeta") logrando un resultado similar. Los Chalchaleros, los Hermanos Ábalos y Buenaventura Luna ya estaban haciendo lo suyo desde hacía un tiempo. La zamba "Del Tiempo e´Mama" también fue un éxito discográfico muy pegadizo. A partir de su letra comenzaron a aparecer los perros llamados "Caschimoto". Yo tuve uno que parecía una gran nutria. No sé por qué se me ocurrió que ese perro tenía aspecto de criollo y se mereció ese nombre.
¡Y entonces fue cuando desde Chile llegó Antonio Prieto, con "La Novia"! Me parece escucharlo, en una de las trescientas cincuenta veces que las radios lo pasaban por día:
- Blanca y radiante va la novia,... la sigue atrás un novio amante... y, al unir sus corazones... van a matar mis ilusiones...
(¡Pobre muchacho, se le casó la novia con otro!)
En esos años, al Club Pacífico, muy cercano a mi casa, vino "Carliños y su Bandita". Aunque tuvimos en mi casa un disco "larga duración" de esa agrupación instrumental, nunca llegué a saber quién era ese Carliños. En cambio su baterista, un jovencito flaco y morocho, con los años llegó a ser muy famoso y conocido como Ramón "Palito" Ortega.

El 4 de octubre del año 1957 los rusos se adelantaron a los norteamericanos lanzando el primer satélite, el Sputnik 1 (En ruso esa palabra significa "satélite") El 3 de noviembre, es decir un mes después, volvieron a adelantarse lanzando su primer satélite tripulado, el Sputnik 2. La "tripulante" fue la tristemente celebre perra Laika, de raza husky. (Laika pasó siete días en el espacio; el séptimo día la ración de comida que se le servía automáticamente llevaba una dosis letal de veneno, aún no estaba desarrollada la tecnología para rescatar a los viajeros espaciales.) Desde ese momento comenzaron a proliferar las perras de ese nombre. Aún hoy hay gente que bautiza así a su perra sin saber por qué. Pero no quería recordar aquí la herejía de los rusos ni la rapidez conque los norteamericanos los imitaron con un pobre mono. (El 13 de diciembre de 1958, Estados Unidos lanzó el proyectil Júpiter con el mono "Gordo" como tripulante. Gordo murió tras hundirse la cápsula en el mar.)
Yo estaba hablando de música y lo que quería al incluir estos datos de historia mundial era llegar a la increíble canción "Marcianita". Entusiasmado por ese ingreso de la humanidad al espacio, Billy Cafaro (o alguno de sus colaboradores) imaginó que muy pronto llegaríamos a Marte. Y ya que estaba divagando, imaginó que allí, en ese planeta tan rojizo, seguramente habría muchachas querendonas con ganas de tener una aventura con él. (Los chicos de hoy preguntarían "qué cosa estaba tomando" este compositor cuando escribió eso.)
La canción Marcianita decía algo así:
- Quiero una chica de Marte que sea sincera,... que no se pinte ni baile ni sepa siquiera lo que es rock and roll... Marcianita, blanca o negra... // ... en el año sesenta seremos felices los dos...
¿¡En el año sesenta!? Estamos en el 2005 y todavía no sabemos si alguna vez hubo agua en Marte, y este muchacho, allá por el 58/59 ya se imaginaba teniendo un romance con una marciana. Por eso hoy a los autores de la cumbia villera les perdono las letras, en todas las épocas ha habido este tipo de desatinos en nombre del arte.

Quiero insertar aquí algunos hechos internacionales y científicos que ocurrieron durante mi infancia y de los cuales tuvimos oportuno conocimiento por medio de la radio, diarios o revistas. El 12 de abril de 1961, el soviético Yuri Gagarin, a bordo de un Vostok, dio una vuelta completa a la Tierra en una hora 48 minutos, mientras escuchaba a Tchaikovski. Alan Shepard, comandante norteamericano, entró en órbita tres semanas y media después que Gagarin. Los soviéticos también vencieron a los Estados Unidos llegando primeros a la Luna. Fue el 12 de septiembre de 1959, cuando el Lunik II impactó visible sobre ella. En marzo de 1965 los rusos marcaron otro hito: la primera actividad extravehicular (paseo espacial) a cargo del cosmonauta Alexei Leonov. Pero los Estados Unidos estaban preparando un contra ataque espectacular.
Finalmente, el Apolo XI, sobre el cohete Saturno V, llevaría a cabo el mayor reto de la historia de la humanidad. Después de cinco días en el espacio, el 20 de junio, Neil Armstrong y Buzz Aldrin alunizaron en el Mar de la Tranquilidad, a bordo del Eagle. Michael Collins se quedó en el módulo de mando mientras Armstrong y Aldrin pisaban suelo lunar, televisados en directo para todo el mundo. Todos los anteriores records soviéticos quedarían ensombrecidos y olvidados ante semejante hazaña.  
No he podido resistir la tentación de incluir aquí estos datos históricos que pertenecen a una pasión muy personal. En su momento los hechos citados me sacudieron y me he ocupado de repasarlos a lo largo de toda mi vida. Entre otros motivos siempre le agradezco a la suerte el haberme hecho nacer en el siglo veinte. Ese detalle me ha permitido conocer y en muchos casos atestiguar, (ya sea directamente o a través de recuerdos cercanos de mi padre o mis abuelos) sobre la inmensidad de logros tecnológicos que, en ese lapso, prácticamente cambiaron el mundo.

Regresemos a mi vida y cambiemos radicalmente de tema en busca de una sonrisa que haga más llevadera la lectura. Acabo de recordar una travesura que en su momento me hizo reír mucho. Fue en el taller de la fábrica. Mi tía María, primera esposa de mi tío Rafael, tenía un perro de cuatro o cinco meses; un cachorrón de raza grande que andaba ahí, siempre paseando y moviendo la cola a quien lo mirara o le hablara. Nosotros, Héctor, Juan Carlos y yo, estábamos en el taller, buscando entre los hierros y las herramientas algo para entretenernos. No sé de dónde salió la idea, pero tomamos al perro y, sin consulta previa, le administramos una especie de enema de grasa. ¿Cómo? Muy fácil, con la grasera de engrasar los vehículos y las máquinas de la fábrica. Le levantamos la colita, le metimos el pico lubricado de la grasera, dos o tres bombazos a la palanca y ya está: el perro engrasadito y listo para caminar o correr sin sufrir desgastes ni hacer rechinar sus articulaciones.
El perro, por supuesto, no dio muestras de haber sentido nada, movió la cola y salió rumbo a su casa.
Al rato volvió y nosotros todavía estábamos ahí. Alguien dijo:
- Mirá, al perro se le debe de haber terminado la grasa, porque viene por más. 
Otra vez a meterle el piquito de la grasera y darle una o dos veces a la palanca. Y allá iba el cachorrón: suavecito y silencioso como una gacela, según nosotros con todas las articulaciones lubricadas.
Estábamos por retirarnos cuando apareció mi tía María. No se veía muy enojada, lo que hubiera llegado a ser muy peligroso, pero venía con cara de curiosidad. Y venía con el cachorro en sus brazos...
- Este perro, no sé cómo hace - dijo -, pero cada vez que entra a la casa me deja el piso manchado con grasa. Le he revisado las patas y no tiene nada, no entiendo cómo hace...
Inmediatamente dedujimos que cada vez que el perro se sentaba, largaba un poquito de grasa que quedaba en el suelo. Pusimos nuestra mejor cara de "yo no sé nada" y nos retiramos de allí en silencio. La tía María era famosa por su mal carácter; es posible que hayamos contribuido a eso.

En otra oportunidad fue un primo lejano quién, sin quererlo, se prestó a nuestras ocurrencias. Llegó diciendo que quería ser de nuestro grupo. (El "grupo" estaba compuesto por mi hermano Héctor y yo.) Al parecer, por vivir en una finca alejada del centro, nuestra compañía le parecía valiosa o divertida.
- Para ser de nuestro grupo tenés que pasar por una prueba. Tenés que matarle una gallina a la Tía María - le dijimos.
Matarle una gallina a la Tía María y salir ileso se asemejaba a las hazañas que le hemos visto hacer a Rambo, rescatando a algunos de sus compañeros detenidos en Vietnam.
Le preparamos una astilla de madera de unos treinta centímetros, afilada en punta en la piedra esmeril y le indicamos el camino al gallinero, detrás del taller, frente al desagüe. Estaba atardeciendo y las gallinas ya habían tomado sus lugares donde pasarían la noche. Junto a Héctor, nos quedamos en el taller, escuchando atentamente por la ventana que daba al gallinero. Justo en el momento en que el alboroto de cacareos y aletazos nos indicaba que nuestro primo había cumplido su misión con éxito y podía ser aceptado como uno de los nuestros, vimos pasar a la Tía María rumbo a su gallinero.
Ha pasado mucho tiempo, mi tía falleció en un accidente automovilístico hace varios años y en el lugar donde estaba el gallinero no quedan restos que lo identifiquen. Sin embargo mi primo, cada vez que pasa por la ruta, siente un estremecimiento que le recorre la médula y lo obliga a mirar con recelo hacia el lugar donde conoció el miedo.

Veo ahora en el kiosco decenas de marcas de chicles. Es tan común el término derivado del inglés que la computadora me acepta la palabra sin marcarme "error". En aquellos años, si hubiera existido, lo hubiera hecho. Sólo se conocían los blancos, chiquitos, de marca Adams, en pequeños envases de dos y en la cajita similar a la que hay actualmente. Los de hacer globos no existían. Los conocíamos por las revistas, los mascaban los sobrinos del pato Donald y otros personajes infantiles, pero no estaban en los kioscos de nuestro pueblo y sospecho que en ninguno del interior del país. Nosotros teníamos nuestros chicles caseros que, si bien no hacían globos ni eran tan ricos, nos dejaban los dientes blanquísimos. ¿Sabe qué era? Un pedazo de alquitrán, del que se usaba para impermeabilizar los techos. Ése sólido, negro y brillante que todavía se vende en las ferreterías. Eso masticábamos. Es cierto que era un poco duro y tenía un gusto raro, pero, como tantas otras cosas, lo hacíamos igual. Leí que esa costumbre es antiquísima y pasó de generación en generación hasta que a alguno se le ocurrió inventar el chicle o goma de mascar. Antes de dejar este tema quiero recordar que los primeros que intentaron parecerse a "gomas de mascar" fueron lo Yum Yum. Pero no servían para hacer globos. Eso recién llegaría con los Bazooka, los mismos que aún hoy se ven los kioscos.
Confieso que jamás aprendí a hacer un globo con un chicle, pero recuerdo algunas particularidades de quienes sí los hacían. Esa goma de mascar no se tiraba. Aunque ya no tuviera gusto a nada, se seguía masticando todos los días, reforzándola a veces con la ingesta de un nuevo chicle, hasta formar una bola con la cual podían hacerse globos de tamaños considerables. Y ahora lo peor... Había quienes guardaban esa bola pegajosa en la mesa de luz y supe de uno que la pegaba bajo la mesa, para que sus padres no se la tiraran. Por la mañana, después del desayuno, la despegaba... y adentro. A masticar y a hacer globos hasta la hora de acostarse.

Otra creación que llegó en esos años fueron los pantalones vaqueros. Los primeros que conocimos fueron marca Far West, nombre que luego supe significaba "Lejano Oeste". Eran fabricados en el país por la fábrica Alpargatas. El que no tenía un Far West era discriminado y mirado con extrañeza y lástima. No había ni habría nunca nada mejor. ¡Si hasta tenía bragueta con cierre relámpago! ¡Y atrás, en la cintura, un cuerito con la marca! Por fuera eran azules, como los vaqueros de hoy, pero por dentro la tela era a cuadros, con un diseño escocés en varios colores. También había otras diferencias entre los de invierno y verano. Los primeros eran "frisados", tenían una felpa interior que abrigaba. El largo del pantalón no se regulaba cortando la manga, se doblaba hacia fuera dejando ver en el puño que se formaba, esos colores internos que quedaban tan bonitos.
Referido a esa modernas braguetas con cierre relámpago metálico, en esos años comenzó a saberse de algunos “accidentes” causados por esos cierres, letales cuando se los cerraba con apuro.
Todo muy lindo y muy moderno. Hasta que nos enteramos que existían los Lee...
Al parecer y según descubrimos entonces con gran desilusión, los locales eran simples copias de aquellos, de origen norteamericano. Y entonces el horizonte cambió, el sujeto a envidiar fue aquél que tenía un Lee. Pero aquí, en la Argentina, no se vendían, aunque parece ser que entraban de contrabando o algo así, porque algunos privilegiados de Buenos Aires los conseguían.
A veces llegaba un niño a la escuela contando que en Buenos Aires tenía un primo que tenía un amigo que tenía un Lee "gastado". Ese pantalón debía usarse gastado, parece ser que nuevo no servía. Ese tipo de cosas era muy comentada y ese niño (que tenía un primo que tenía un amigo que tenía un Lee) era admirado hasta por la maestra. (Al menos a nosotros nos parecía así.)
Después llegaron los Topeka, creo recordar que eran algo más baratos, en otros colores y diseños. Y entonces fue que Far West atacó con los "tiro corto", con una bragueta de escasos siete u ocho centímetros. Los primeros que recuerdo eran en color blanco, similares, según se decía, a los que usaban los marineros. Sólo llegaban a la altura de las caderas y allí se sostenían milagrosamente con un cinto elástico o uno común muy apretado. Pero a nosotros nos parecía que nos quedaba bárbara esa moda que nos acortaba las piernas y nos alargaba el torso haciéndonos parecer Popeye, el marino. Y estoy hablando ya de una moda unisex, es decir que el ridículo era general.
Esos "tiro corto" ya eran algo anchos abajo e insinuaban lo que pronto se llamaría "Oxford". Esa moda acampanada apareció en esos años, a mediados de los sesenta, pasó rápidamente y regresó unos años más tarde, exagerada a límites increíbles. En este último caso, los pantalones eran sumamente ajustados hasta la rodilla y desde allí cualquier cosa estaba permitida. Hoy también se ven, entremezclados especialmente en la moda femenina, donde, como sabemos, lo importante es el relleno y todo queda bien.

Más adelante, y ya comenzando mi adolescencia, con el mismo auge e importancia, llegó la época de los gabanes, una especie de sobretodo corto, fabricado generalmente en telas sintéticas. En uno o dos años pasó la euforia y hasta hoy no ha regresado. Pero a no adelantarse, en la moda nada se tira. Algo me dice que esos diseños, como los monstruos de la películas, han quedado por ahí, aletargados, esperando el momento para aterrorizar a una nueva generación.

Con la Coca Cola sucedía una cosa similar a la de los vaqueros importados. Sabíamos que existía, pero allá, en Buenos Aires y en Estados Unidos. Aquí se vendía la Bidú o Bidú Cola, que era la mejor bebida refrescante a la que se podía aspirar. Para nosotros era riquísima, no sé quién la embotellaba pero alguien me dijo hace poco que la distribuía un señor de Alvear Oeste llamado Medrano. Cuando salíamos con nuestros padres a algún lugar y nos preguntaban qué queríamos tomar, la respuesta era obvia: una Bidú.
Pero invariablemente, en la escuela aparecía un niño (el mismo que tenía un primo que tenía un amigo que tenía un vaquero Lee gastado) contando que había estado paseando en Buenos Aires.
- ¡Qué manera de tomar Coca Cola! - nos decía el muy sádico, haciéndonos retorcer de envidia.
- ¿Y adónde fuiste, allá en Buenos Aires? - le preguntaba alguno para hacerle cambiar de tema.
- Fui al Zoológico, ¡cuántos animales! ¡Hacía un calor! Menos mal que ahí nomás, a la entrada, había un kiosco y me compré una Coca Cola. ¡Qué fresquita estaba! ¡Casi no la podía tomar de fría que estaba! Y a la salida me tomé otra...
Sólo le faltaba decir que se compró dos chicles y estuvo haciendo globos. Esos niños sádicos existían entonces y hoy han dejado descendencia para que nuestros hijos sepan lo que significa la palabra envidia.

Un día de verano, en las radios locales comenzaron a escucharse algunos temas nuevos. Los cantantes, totalmente desconocidos para nosotros, no parecían serlo para el locutor. Había un tal Leo Dan, otro que se llamaba Palito Ortega, otros eran Nicki Jones, Johny Tedesco, Violeta Rivas, Chico Novarro, Juan Ramón y un tal Sandro. Éste último, según se decía, tenía un pantalón de cuero y cuando cantaba, se tiraba al suelo. Lo acompañaba un grupo llamado "Los de Fuego".
Estos recién llegados cubrieron totalmente el espacio radial disponible para música, haciendo desaparecer a los demás. La mayoría pertenecían a un programa televisivo llamado "El Club del Clan". Este programa, y otros similares, agrupaban a todos los nuevos valores que estaban surgiendo y los promocionaban hasta lograr, en muchos casos, que parecieran buenos.
Nosotros no podíamos verlos porque en mi ciudad aún no había televisión, pero pronto supimos por las revistas y la radio que esos artistas integraban la “Nueva Ola”. Por supuesto, según estos medios, su música era la mejor del mundo y sus alrededores. Confieso que, tanto en las melodías como en las letras, a mí siempre me parecieron algo elementales. Pero a veces hay que seguir la manada o quedarse solo. La otra opción, el luego llamado rock nacional, aún no había llegado. Así fue que todos aprendimos a cantar "Decí por qué no querés", la cumbia "El Orangután", o a forzar nuestras gargantas tratando inútilmente de imitar la altísima y penetrante voz de Violeta Rivas, cantando: - "¡Qué suerte!"
Y una vez más, infaltable, el niño de los vaqueros Lee y la Coca Cola aparecía en la escuela diciendo que había estado en Buenos Aires, en el mismísimo canal de televisión, había visto todo el programa "El Club del Clan", al finalizar había hablado con Sandro y éste había quedado en escribirle o visitarlo para el verano siguiente. Como diría el querido José “Pepitito” Marrone:
- ¡¡¡Cheeeeeee!!!

Voy a agregar algo más sobre el cine de ayer, porque creo que merece mayor espacio. Hoy, en todas las ciudades y pueblos del país hay cines cerrados. La mayoría son verdaderas joyas arquitectónicas que luchan por mantener sus estructuras originales, ubicados casi siempre en lugares privilegiados y de altísimo valor inmobiliario. Los nuestros (los principales, porque hubo más) España y Alvear, por suerte están intactos y, en el momento en que escribo esto, uno está funcionando y el otro, en condiciones de hacerlo inmediatamente. Los distintos gobiernos municipales que se han alternado en los últimos años han coincidido en ayudar a mantenerlos.
Hace unos años vi la película italiana "Cinema Paradiso". (Cine Paraíso, verdadero homenaje al género que recomiendo.) Descubrí que si bien es cierto que cada pueblo es un mundo, hay cosas en las que todos esos pequeños mundos se parecen. Todo lo que ocurría en el cine de esa película, ubicado en un pequeño poblado italiano, era muy parecido a las cosas que yo viví o vi en los cines de mi pueblo y, circunstancialmente, en los cines Pacífico y Santa Paula, de Huinca Renancó, lugar donde luego residí. El ámbito oscuro y amplio, y la concurrencia de todos los atorrantes del pueblo, entremezclados con sus víctimas, propiciaban estas cosas. Así es que mientras alguno más chico desparramaba hormigas coloradas desde el gallinero (sector superior trasero), otro, algo mayor, le acariciaba la rodilla a una novia propia o ajena. Más allá, uno que se fue armado con un tubo plástico que sacó de adentro de un sifón (de vidrio) volvía loco a un pelado haciendo puntería en su cabeza con coquitos de un árbol paraíso. Otro, que antes de entrar y con esos mismos coquitos, rellenó una caja de maní con chocolate que encontró vacía, convidaba a sus ávidos compañeros de fila.
A usted, que tiene mi edad, le pregunto: ¿No le parece estar allí, un domingo a la tarde, aguantando una película de amor, de esas que en cualquier momento se ponían a cantar, y encima con la tonta de Doris Day, aguantando estoicamente para poder ver después una de vaqueros? ¡Qué rápidos eran esos vaqueros para sacar el revólver y tirar! ¡Y qué duros! No se bañaban nunca y bajo el más ardiente sol llevaban de ropa interior unos calzoncillos unidos a la camiseta, con una bragueta larga que daba la vuelta por abajo y llegaba hasta la espalda. Y cuando llegaban a un pueblo, entraban al bar sin saludar y para calmar la sed del desierto se tomaban un buen vaso de whisky puro. Después venía la pelea, por supuesto. Todos contra todos y a ninguno le dolía la cara, aunque le pegaran con una silla. ¿Y los indios? ¡Cómo gritaban esos pieles rojas! Me parece estar escuchándolos aullar mientras aparecían en lo alto de una loma, sobre sus caballos manchados y levantando sus lanzas emplumadas, rodeando al muchacho de la película que, justamente, estaba ayudando a la rubia que se cayó con su caballo y... se torció el tobillo.
Ahora que las nombré, ¡qué tontas eran las chicas de las películas! Y no me refiero solamente a Doris Day, que lo era de profesión. En eso todas eran iguales, cuando estaban en África, después de haber visto durante todo el día caníbales, leones, panteras, rinocerontes, víboras y cocodrilos, llegaba la noche y antes de acostarse se iban a caminar por los alrededores del campamento. ¿Cómo no les iban a pasar cosas? Parecía que buscaban el peligro para que las salvara justamente el guía. (Que ya le había echado el ojo esa tarde cuando ella, inocentemente, se bañaba en la pequeña cascada.)
Los protagonistas masculinos también solían ser bastante tontos. A veces el muchacho estaba mirando hacia un lado y el malo venía por detrás a atacarlo. Nosotros le avisábamos a los gritos, pero él como si nada, hasta que no lo tenía al otro encima, pegándole, no se daba por enterado. Menos mal que sus trompadas siempre parecían doler un poco más que las del otro y con una sola que acertara se lo sacaba de encima. También era de destacar la buena educación de los atacantes, cuando eran dos o más, uno peleaba y los otros esperaban su turno, sin atacar jamás a traición ni en conjunto.
¿Y cuando el muchacho peleaba con los indios sobre el techo de un tren que cada vez aceleraba más? Mientras tanto, los otros indios, que eran como hormigas coloradas, se subían hasta por las partes lisas de los vagones. El final de la vía era en un precipicio o un puente roto y siempre estaba ahí nomás, a cien o doscientos metros. El muchacho y los indios peleaban otro poco y cuando volvían a mostrar el tren de frente... ¡todavía estaban a la misma distancia! El tiempo (dilatado por la Teoría de la Relatividad de Einstein) alcanzaba justo para que el muchacho tirara al último indio, desatara a la chica (que tenía más sogas que Houdini) y saltaran juntos, a ciento cincuenta kilómetros por hora, rodando sobre las piedras, sin hacerse nada. A la chica, al caer, ni siquiera se le levantaba la pollera, porque sabía que estaba con el muchacho que iba a ser su marido y no era cosa de andar mostrando gratis. Como caían tan, pero tan juntos, con las caras y las bocas ahí nomás, ya que estaban, se daban un largo beso. Y ahí era cuando los interrumpía el zambombazo que pegaba el tren al caer por el precipicio. Así, iluminados desde atrás con las llamas, le seguían dando al beso que habían dejado sin terminar. Mientras tanto, en la pantalla aparecían las palabras "the end", que luego supe, querían decir: el fin.
Esa última parte ya la veíamos parados frente a nuestra butaca o saliendo lentamente hacia el pasillo, ignorando los insultos y los silbidos de los que se quedaban sentados hasta el final y estaban a las cabeceadas tratando de ver el beso que garantizaba un final feliz.
Al salir nos encontrábamos con Don Razquin, siempre sonriente. A veces estaba con su cachorro de puma atado a una soguita. Era amarillo, el que nosotros tuvimos era gris. Don Razquin era hermano de Don Bernardo, que todas las mañanas daba el pronóstico del tiempo desde la radio LV10. Ya lo habíamos visto en el intervalo, en el kiosco, cuando habíamos ido a comprar una leche Prima y un chocolate comprimido. ¿Qué era esto? La leche era una chocolatada en una pequeña botella de vidrio, y el chocolate comprimido era cacao como el que hoy se usa para mezclar con la leche, comprimido hasta que quedaba sólido. Cuando uno se lo ponía en la boca se deshacía otra vez. Era muy rico y no sé por qué no se fabrica más.

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