sábado, 14 de mayo de 2011

Pag. 41 a 51


Aldo, mi hermano mayor, iba a la escuela tres años adelantado con respecto a mí y cuatro respecto a Héctor. Si cuento aquí las locuras que hacía Aldo corro el riesgo de que este libro sea catalogado como peligroso o como apología de la demencia adolescente. Sólo voy a decir que era realmente un investigador científico que no reparaba en peligros ni problemas. Y estoy hablando de una época en que el disyuntor eléctrico todavía no se había inventado y los matafuegos no eran de uso común. Dejémoslo ahí... 
Algunos de sus compañeros de escuela eran del barrio y solían visitar nuestra casa. Entre ellos recuerdo a Francisco Caparrós y Antonio Masegoza, ambos hijos de españoles y con ese acento muy marcado en el habla. Los dos estudiaban trompeta y años más tarde terminaron integrando la banda municipal. Puedo oír todavía los ensayos de ese instrumento de viento tan particular y sonoro, a la tardecita, desde el noreste, pasando por sobre los viñedos, saltando el canal y llegando a nuestros oídos. Los dos nombrados y mi hermano Aldo eran fanáticos de las revistas. Creo que se repartían para comprar una distinta cada uno a fin de leerlas todas. Hablando de eso: ¡Qué revistas las de esa época! "El Tony", "Intervalo", "Fantasía" y "D'Artagnán" eran las principales. Tenían mucho más de un centímetro de espesor y se duplicaban en los números "aniversario". Éstos últimos - que sospechosamente aparecían dos o tres veces al año - contenían historietas para leer un mes. Había otras revistas, más delgadas, de procedencia mejicana, con la palabra "Sea" en una esquina. Allí estaban, cada uno en su revista y por separado, Tarzán, Roy Rogers, Tom Mix, Superman, Batman y otros superhéroes, algunos con superpoderes y otros, sólo con capacidad, inteligencia y valentía. Los personajes de Disney también venían todos en revistas como El Pato Donald, de un tamaño similar a las recientemente citadas.
Por supuesto, ya estaba el eterno "Billiken" que sospecho se leía cuando San Martín iba a la escuela. Hubo algunos fallidos intentos de competir con esta revista, como "Mundo Infantil" y "Pepín Cascarón", que pronto dejaron de salir. En el rubro aventuras, estaban "Hora Cero", "Corto Maltés" y otras producciones argentinas de gran calidad; revistas de formato pequeño, muy buscadas hoy por los coleccionistas. Patoruzú y Patoruzito (éste último redescubierto recientemente por el cine) eran héroes locales a los que a veces tratábamos de imitar en nuestros juegos. Para un público algo mayor estaba "Rico Tipo", siempre con dibujos de chicas llamativas en la tapa. Estas chicas de formas exageradas, cintura de avispa y caderas y busto prominente eran dibujadas por Divito, el director y dueño de la revista. En mi casa permanentemente había revistas y libros de aventura. Estos libros, muy pequeños, contenían una novela corta del mismo género de aventuras que podía verse en historietas, pero eran "de sólo letras", y a nosotros, los menores, no nos interesaban. En cambio Aldo comenzaba a leerlos apenas salía del kiosco y no dejaba de hacerlo en todo el camino a nuestra casa. Eso no sería nada si no lo hiciera mientras pedaleaba y manejaba su bicicleta, a veces con uno de nosotros en la parrilla. La mayoría de estas revistas y libros eran comprados por mi hermano Aldo en el Kiosco Pérez. Este kiosco era una casilla de madera ubicada entonces sobre el canal, frente a lo que hoy es el Monumento a los Soldados Caídos en Malvinas. Más adelante se lo construyó de material y actualmente ha desaparecido.
Otro kiosco en el que se vendían revistas y en donde, además y teniendo tiempo, podía leerse una sin comprarla, era el del "Rengo" Fernando Alsina, sobre la Avenida Libertador Norte al 150. Era un negocio algo raro, con el frente de madera, similar a las casas prefabricadas, y continuando hacia atrás y adentro con una construcción tradicional de material a la que se accedía luego de subir unos escalones. Allí adentro, en unas habitaciones amplias, desoladas y de techos altísimos, había tablones ubicados sobre cajones fruteros. Esos tablones estaban repletos de revistas flamantes, pero de números atrasados, algunas de dos, tres o más años de antigüedad. Es decir, una especie de rezago que seguramente Fernando conseguía más barato, pero que, al no tratarse de información de actualidad, tenía para nosotros el mismo valor que una revista del último número. También había allí, exclusivamente para vender a los más grandes, revistas "de mujeres desnudas". Los niños de hoy se morirían de risa de las poses supuestamente sugestivas de las gordas que se atrevían a dejarse fotografiar así. El Rengo Alsina tenía una discapacidad que le dificultaba el movimiento de un brazo y una pierna del lado derecho. Mi padre me contó alguna vez que esas secuelas le quedaron de un gravísimo accidente que tuvo cuando niño, al ser atropellado por un auto. Todos los chicos éramos sus amigos. Lo recuerdo muy educado con las damas y muy poco disimulado para mirarlas después que pasaban.
Una tarde Fernando me contó que en Estados Unidos habían encontrado muerta a Marilyn Monroe. Como yo no la conocía (aún no me quitaban el sueño las artistas) él fue adentro, me trajo una revista con algunas de sus fotos y me explicó quién era ella. Nunca voy a olvidar la expresión de tristeza con que Fernando me hablaba de esa muchacha rubia y tan bonita. A mí me parecía sorprendente o al menos raro que alguien se conmoviera por la muerte de una persona desconocida y de otro país tan lejano. Más adelante comprendí que la muerte siempre es un tema triste, aunque el que se muera sea un actor en una película, un dibujo animado o El Principito de Saint Exupery.
Otro Kiosco que ahora recuerdo, similar en estilo al citado de Alsina, aunque de mayor tamaño y variedad, era el de Pablito Martín, en la primera cuadra de la Avenida Alvear Oeste, haciendo esquina con calle Belgrano, junto a la eterna Farmacia Alvear.
Volviendo al tema de la lectura, siempre presente en todas las etapas de mi vida, recuerdo que en mi casa, además de revistas y libros de aventura, había otros de técnica, de poesías y de novelas, entre ellos Salgari, Julio Verne, Bécquer, Rubén Darío y otros clásicos de la literatura. Todo era devorado por nuestra afición a la lectura. Lo que no entendíamos hoy, lo dejábamos y uno o dos años después nos sorprendía como algo nuevo. Aún conservamos esos grandes diccionarios enciclopédicos Quillet y otras ediciones de similar formato referidas a Geografía Mundial y a la Historia de la Música. En ese entonces llegaban a nuestra ciudad vendedores domiciliarios que los dejaban a pagar en cuotas y eran comunes en muchas casas. Las noches de invierno, al lado de la radio, con uno de esos libros sobre la mesa, se hacían cortas para todo lo que allí había para ver y aprender.

Estaba hablando de cultura y, como suele ocurrirme, mi mente escapó hacia un rumbo indeterminado. En este caso, la escuela primaria. Allí encontré algo que me ocurrió cuando estaba en tercero o cuarto grado. Se aproximaba el Día de la Bandera y a la maestra encargada de organizar ese festejo se le ocurrió que en el acto respectivo yo podía representar al "Tambor de Tacuarí". A uno de mis compañeros, de ojos claros, le dieron el papel del General Manuel Belgrano. Voy a llamarlo Raúl.
Éramos sólo dos protagonistas, yo era un niño que llegaba y le pedía al General Belgrano que me dejara ir con él a la guerra. Don Manuel primero decía que no, pero después, convencido por mi patriotismo, aflojaba, me decía que sí y me encomendaba llevar el tambor. Todo bárbaro y muy ajustado a la leyenda.
Ensayamos un mes. Todo salía de un tirón y yo estaba ansioso por ese, mi debut en las tablas. Finalmente llegó el día y la amplia galería de mi escuela se llenó de niños, padres y maestras. En un aula que quedaba detrás del escenario yo me había caracterizado como un niño humilde de aquellos años. Llevaba un sombrero de paja medio deshilachado, pantalón a media pierna, ni corto ni largo, alpargatas, la cara manchada con un corcho quemado. Por supuesto, estaba anímicamente preparado para los aplausos que pensaba recibir en mi bautismo teatral.
A una orden de la maestra subí por la escalerita que, desde atrás, me llevaba al escenario. Allí estaba el público, mirando expectante a ese gran actor que acababa de subir. (Yo) El General Belgrano ya había subido; como corresponde a un militar de su graduación, estaba sentado detrás de una mesita que hacía las veces de su escritorio. Llevaba gorro y charreteras de cartulina pintada.
Tal cual decía la letra, me paré enfrente y lo saludé como hacen los soldados: tocándome la cabeza con la mano derecha y diciendo:
- Buenos días, mi General.
Pero el General, si bien es cierto que me miró, no me contestó.
- ¿Estará enojado por algo? ¿Estará preocupado por la batalla de mañana? - me pregunté extrañado.
Volví a saludarlo, esta vez alzando un poco la voz.
Tampoco me contestó. Lo miré con más atención y descubrí en sus ojos que estaba aterrado y paralizado. Sólo me miraba intensamente como diciendo:
- ¡Socorro! ¡Sacame de acá!
Yo nunca había escuchado hablar de hacer "camelo", como llaman los actores a rellenar diciendo cualquier cosa para pasar un momento así. Pero a fuerza de tanto ensayar sabía toda la letra, la mía y la de él, así que empecé a decir, alternados, los párrafos de cada uno. Es decir, me preguntaba y me contestaba yo solo, con la esperanza de que él arrancara y nos salváramos del papelón. Pero, ¿qué iba a arrancar si estaba muerto de miedo? Por supuesto, de ese monólogo de locos, nadie entendió nada. Al finalizar la obra yo debía saludar al General, dándole la mano muy contento, y agradeciéndole que me permitiera ir con él a defender la Patria. Luego debía decirle que me iba ya mismo y corriendo, a mi casa a contarle a mi madre que, supuestamente, iba a estar muy contenta de tener a su único hijo corriendo entre las balas y las bayonetas, con un tambor colgando del cuello. (¡Qué obra realista!)
Así lo hice, saludé a Belgrano apretándole fuerte la mano - con ganas de quebrársela - y bajé corriendo del escenario. El General Belgrano se quedó arriba y... ¡oh, mundo injusto!,... recibió todos los aplausos.
Raúl y la p... que te p..., esa todavía me la debés...

Yo sabía andar en bicicleta. La mía tenía piñón fijo. En un recorrido largo, andar en mi bicicleta daba un efecto similar al que deben de haber sentido los esclavos remeros de los vikingos: pedaleás o pedaleás. Si intentás descansar, el pedal (de chapa) sigue dando vueltas y a la pasada, prolijamente, te pela el tendón de Aquiles. Pero a mí me gustaba porque ese sistema me permitía poner un piñón de doce dientes que, a mi entender, me hacía andar más rápido, aunque causaba dolor de piernas. Sin embargo, había algo que faltaba (o sobraba): Yo andaba tomado del manubrio y eso no tenía gracia, lo hacía cualquiera. La gracia era andar con las manos sueltas, como había visto pasar a algunos de los ancianos de quince o dieciséis años, erguidos en el asiento, con los brazos cruzados, silbando y hasta esquivando los cascotes con un canchero movimiento de cintura.
Entonces fue que pensé:
- No debe ser tan difícil, si tan solo lograra que el manubrio no se moviera... ¡Ya está! Le ato un hilo largo a cada puño del manubrio, ato esos hilos al asiento... y listo. El manubrio se queda quieto y yo puedo andar con las manos sueltas.
Sí, acertó, arranqué bien, se me cortó un hilo y casi me mato del golpe.

Volvamos a las cacerías con una que marcó un hito en mi niñez: mi primer viaje a conocer el Cerro Nevado y ver a sus famosos guanacos en pie, corriendo vivos en su ámbito natural.
Fue en una primavera indeterminada, yo tendría entre diez y doce años y mi padre llegó con la noticia que ese fin de semana nos iba a llevar a todos, incluida mi mamá, al Cerro Nevado.
A la madrugada salimos, en la camioneta Baqueano, por la calle Uspallata hacia el Oeste. Nos acompañaba un señor muy amigo de mi padre y gran conocedor de todas las huellas y cerros de ese lugar. Se llamaba José Pérez y vivía en el chalet que Obras Sanitarias aún posee en la calle Ingeniero Lange. (En ese entonces, en el patio trasero de esa casa estaba ubicado un tanque inmenso de cemento que proveía de agua potable a toda la ciudad.)
Al aclarar el día abrimos los laterales del toldo y comenzamos a devorar ese paisaje que luego llegaríamos a conocer tanto. En ese entonces, apenas se pasaba Soitué ya podían encontrarse avestruces y liebres criollas. Circulábamos por la que hoy es la ruta 184, en el tramo conocido como Alvear - Malargüe, en dirección al lugar conocido como Los Toldos. Vimos algunos animales salvajes en ese sector, pero ese viaje no era "a cazar", estábamos en primavera.
Al mediodía, después de haber pasado Los Toldos y haber circulado sobre el agua fresca y sabrosa de sus sinuosas vertientes, ingresamos a las serranías que rodean el Cerro Nevado. Unas horas más tarde llegamos al lugar denominado Agua del Blanco. Allí estaba - y aún está - el puesto de Marcelo Arenas, el amigo de mi padre. Marcelo, que en ese entonces debe haber tenido unos treinta años, vivía solo en una casa construida de piedras asombrosamente calzadas sin cemento. Esa construcción estaba sobre el borde de un cañadón, en ese momento con un pequeño caudal de agua disputado por los chivos y los caballos. Acostumbrado a la soledad, Marcelo apenas hablaba lo justo y necesario y sus respuestas a nuestras numerosas preguntas eran sólo monosílabos que no alcanzaban a calmar nuestra curiosidad.
- ¡Qué lindo lugar! - le comentamos nosotros, tratando de entablar una conversación.
- Sí, ¿no?... - contestaba él.
- ¿Hay muchos guanacos?
- Sí, pues...
- ¿Y usted cómo los caza? ¿A caballo?
- Sí, señor...
- ¿Tiene muchos chivos?
- Algunos hay...
- ¿Y hay avestruces por acá?
- Hay...
Su rostro, de rasgos típicos del hombre de campo, estaba quemado por el sol, el aire seco y el resplandor de la nieve invernal. Al poco rato de estar allí, cuando ya le habíamos revisado hasta los dientes de los chivos, Marcelo nos acompañó a recorrer los alrededores en la camioneta. La huella por la que circulábamos iba por el fondo de un cauce seco por lo que a los costados veíamos muy poco. De repente y con gran sorpresa, nos encontramos con una tropa de guanacos que corría a pocos metros a nuestra derecha, bordeando el cañadón. Habían escuchado el ruido del motor pero, al no vernos, huían hacia cualquier parte, coincidiendo con nuestro rumbo. De pronto Marcelo, que venía atrás con nosotros, se inclinó y le gritó a mi padre:
- ¡Pare, Don Ramón, pare!
Mi padre frenó y en ese momento toda la tropa comenzó a cruzar el cañadón, cinco o seis metros delante de la camioneta. Algunos caían y eran pisoteados sin consecuencias por sus compañeros. Se levantaban, se sacudían un poco y seguían a la tropa. Si no nos hubiéramos detenido los guanacos podrían habernos atropellado. Cuando el "relincho" (Guanaco macho que dirige la tropilla) decide algo, el resto lo imita, como dicen que sucede con las ovejas. Imagínese lo que fue eso para nosotros. Cuando volvimos, esa aventura había crecido y, al ser relatada a nuestros amigos en la escuela, por poco habíamos salido cabalgando en un guanaco.
Fue una hermosa experiencia y nos fue preparando para la innumerable cantidad de salidas al campo, y especialmente a esos cerros, que hicimos más adelante.

Por esos años, mis padres descubrieron que me gustaba la guitarra. En realidad se los venía diciendo desde que aprendí a hablar, pero decidieron esperar a que mis brazos tuvieran la medida necesaria para llegar simultáneamente al diapasón y a la boca, donde debía pulsar las cuerdas. Mi abuelo Ramón la tocaba, mi tío Roberto había empezado a aprender hacía pocos meses y ya tenía, con dos de sus amigos, un conjunto folclórico. La sangre española de mi padre terminó de decidirlo y me compró una guitarra. Comencé a aprender con Mustafá Sol, quién en ese momento era el mejor maestro y posiblemente el que mejor tocaba, junto al mítico Tata Pérez, verdadera leyenda del sur mendocino. Hoy Mustafá y su hermano Rubén son dos de mis grandes amigos.
Las clases se daban en la casa de la familia Font, en pleno centro de General Alvear. La vivienda estaba situada detrás de la Imprenta de José Font. El primer día me hice amigo de otro de los alumnos, un niño, uno o dos años menor, pero muy atorrante y decidido para todo lo que fuera reírse. Se llamaba (y se llama, hoy sigue siendo mi gran amigo, mail mediante, desde Formosa donde reside) Juan Carlos Galeno. Su madre era enfermera y su padre, que trabajaba en una farmacia, era famoso localmente por sus habilidades como bailarín de tango. Tanto al entrar como al salir de la casa de Font debíamos hacerlo por dentro del local de la imprenta. Al entrar, a eso de las seis de la tarde, estaban trabajando, pero al salir ya habían cerrado y no había nadie. Y allí fue cuando Juan Carlos tuvo una idea, a mi entender, genial e inmediatamente aprobada: sacábamos puñados de letras de plomo de los casilleros donde estaban ordenadas alfabéticamente y las intercambiábamos a los otros casilleros. Nunca nos llevamos nada, eso lo teníamos claro, pero el desastre que le hacíamos al pobre tipógrafo era imperdonable.
Años después esa imprenta se incendió muriendo calcinado su dueño, Don José Font. Supe que su hijo, abogado, también murió más adelante en un accidente de aviación.
Recuerdo que en ese año se habían puesto de moda las canciones "Puente Pexoa" y "Sapo Cancionero". Todos los alumnos querían aprenderla. Pero a mí no me atraía cantar, yo quería aprender a tocar como Mustafá, a “puntear” la guitarra. Me gustaba Adolfo Berón y tenía algunos discos de ese guitarrista. Mustafá me enseñó algunos de sus temas, la mayoría tangos. La guitarra, desde entonces, ha sido inseparable para mí y seguramente, si mis dedos no deciden lo contrario, me va a acompañar hasta el final.

Respecto a la guitarra y sus sonidos recordé algo que, con mi tío Roberto, le hicimos a uno de mis primos. Ya dije anteriormente que Roberto y yo, a pesar de ser tío y sobrino, teníamos la misma edad y ambos tocábamos la guitarra. Una tarde de invierno estábamos en mi casa, cada uno con su instrumento, improvisando algo frente a la estufa encendida. En eso apareció mi primo Horacio, varios años menor que nosotros y recién llegado de Mar del Plata, donde vivía con sus padres. Nosotros ya teníamos catorce o quince años y él cinco o seis. Le preguntamos si sabía bailar el malambo. No sé por qué, tal vez por no parecer menos o por el coraje que aún hoy lo destaca, a Horacito se le dio por decir que sí. Comenzamos a tocarle un malambo simple, apenas sabíamos los tonos: Do, Re, Sol y otra vez Do, Re, Sol. Y mi pequeño primo a saltar al ritmo de la guitarra. A pesar de ser invierno, el estar saltando frente a la estufa hizo que pronto comenzara a transpirar. Ante su mirada interrogante y su cara brillante de calor y sudor, sin dejar de tocar, le dije:
- El malambo es largo, pero los que han nacido en la provincia de Buenos Aires son los que más aguantan.
Comenzamos a turnarnos con Roberto, tocando un rato cada uno para no cansarnos. Lo tuvimos saltando ahí como una hora. Estaba tan agotado que perdía el ritmo y se caía hacia los costados, en esos casos lo reubicábamos sobre la alfombra y seguíamos: chan, chan, chan, chachachachachan, chan, chan. Mis tíos mientras tanto, ajenos a todo, tomaban mate con mis padres en la cocina. Cuando se nos acalambraron los dedos y finalizó el malambo extra largo de mi primo, record Guiness seguramente, sus padres no podían entender su estado de agotamiento. Hoy mi primo es arquitecto, vive en Estados Unidos, construye mansiones de película y hace mucho, mucho tiempo, que no zapatea.

Poco antes de mi ingreso al mundo de la música por medio de la guitarra, mi hermano Héctor había comenzado a aprender acordeón. Su profesor era Don Chiaralucci (al menos así se pronunciaba) y tenía su academia en la Avenida Libertador al 150, justo al lado del kiosco del Rengo Alsina, donde hoy hay un edificio nuevo. Héctor estudiaba "por música" y mucho antes de aprender a tocar una sola tecla debió pasar meses aprendiendo Teoría y solfeando, haciendo señas en el aire y mirando con apremio el silencioso estuche verde de su acordeón, esperando en un rincón de la casa. Ver ese martirio me llevó oportunamente a elegir aprender la guitarra "de oído", es decir, mirando y repitiendo lo que hacía el profesor, sin saber qué nota estaba tocando. Hoy, por iniciativa propia, conozco todas las notas y sé donde están ubicadas en el diapasón. Sin embargo, aunque tengo una facilidad natural que me permite sacar rápidamente cualquier melodía, lamento no haber aprendido a leer una partitura y mucho más lamento no saber escribir algunas creaciones propias que a veces surgen mientras estoy tocando y pronto se pierden por no tener un modo práctico de guardarlas. Tal vez un método intermedio hubiera sido aceptable, pero en aquellos años, para tocar una cuerda era imprescindible saber Teoría y Solfeo.
Mi hermano ha guardado su acordeón hace años y es probable que haya olvidado todo lo que alguna vez aprendió. Yo lo recuerdo con diez años, con pantalones cortos, tocando la ranchera "Las Margaritas" o "La Cumparsita".
Este último tango estaba tocando una tarde en casa de mis abuelos maternos cuando un primo, que de música sabía muy poco pero quería quedar bien, me preguntó:
- Che, ¿qué le puedo pedir que toque?
- Pedile que toque "La Cumpasita" - le sugerí yo.
Cuando llegó el consabido chan chan, con el cual finalizan todos los tangos, mi primo se acercó a Héctor y le pidió:
- Ahora tocá "La Cumparsita".
Para cualquier músico, (hasta para los de diez años) que a uno le pidan el mismo tema que acaba de tocar sólo significa una cosa: que lo ha tocado muy mal e irreconocible. Mi primo se pasó el resto de la tarde rengueando y frotándose la pierna en el lugar donde le dio la patada de Héctor.

Hablando de una diablura a un primo recordé otra a otro primo. No es casual, mis primos menores siempre fueron una especie de conejitos de la India para nosotros. A su vez, nosotros también hemos sido objeto de bromas de nuestros mayores, la vida es así y supongo que así se aprende, atajando lo que viene de arriba y experimentando con los de abajo.
Llegaron unos tíos de Mendoza, pasaron unos días en mi casa y llegado el domingo a la tarde, se estaban preparando para regresar. A uno de los chicos, el mayor, le decían: "el Negrito". Era y es, muy simpático y muy querido por nosotros. Lo llevamos al baño y le dijimos:
- Te vamos a peinar bien bonito, para el viaje.
Yo tenía un frasco de Colonia Mc Gregor. La había comprado llevado por una propaganda en la que un joven le sacaba la novia a su hermano. Cuando el engañado descubría que el éxito de su hermano se debía a la colonia que éste usaba, tomaba el frasco del botiquín de baño y mostrando la etiqueta, exclamaba: - ¡La maldita colonia!
Esa era la colonia que yo tenía ahí, abandonada intacta debido a la repugnancia de su perfume. Era realmente horrible y tenía bien ganado su apodo: "la maldita colonia".
Le vaciamos el frasco en la cabeza al Negrito y así, mojado hasta en la ropa, lo peinamos bien, con una rayita y un jopito. Quedaba hermoso, pero mirado desde lejos. Desde cerca olía como un zorrino peinado.
Cuando salimos con él, los padres ya estaban sobre el auto, listos para partir.
- ¡Qué bonito que lo han peinado al Negrito! - exclamaron todos abriéndole la puerta para que subiera, adelante, entre medio de los padres.
Era pleno invierno, pero mis tíos fueron hasta Mendoza con todos los vidrios abajo.

Ya conté algo de mis primos, ahora lo haré sobre mis primas. En mi familia materna tengo una gran cantidad de primas, todas de una edad algo menor a la nuestra. Mi familia es muy unida y siempre nos hemos visitado mucho. Eso ha hecho que el vínculo de afecto que siempre hemos tenido con mis primas sea el mismo que, supongo, tendríamos con unas hermanas menores. Pero cuando eran chicas y venían a mi casa se convertían en víctimas disponibles para aplicar nuestras ideas. Siempre junto a mi hermano Héctor, recuerdo haber atado a una de ellas en un ciruelo de la finca, bastante alejado de mi casa. Estábamos jugando a los indios y los apaches hacían esas cosas de atar a sus prisioneros. Pero los apaches no los abandonaban a su suerte. Nosotros la dejamos allí, gritando durante un rato, hasta que Don Martín Ferreira, el contratista de mi abuelo, la liberó.
Como uno de nuestros juegos predilectos, y el que más coincidía con nuestra personalidad, era el de indios, necesitábamos constantemente “caras pálidas” para matar o al menos torturar. Mis primas no podían ser las elegidas porque tenían la mala costumbre de quejarse a mis padres en cuanto una flecha se clavaba a menos de un metro de distancia. Entonces fue que nuestras miradas se posaron en las muñecas... de mis primas. Atrapamos una, la atamos a un palo y comenzamos a ponerle leña abajo. Cuando estábamos por encender la pira, sin clarinete que la anunciara, cual si hubiera sido la caballería, apareció mi tía Enriqueta, justo a tiempo de salvar a la muñeca de la hoguera justiciera.
Otra vez, sin necesidad de disparar una sola flecha, tomamos prisionera a una muñeca inmensa y hermosa que, luego supimos, la abuela paterna de mis primas les había traído desde España. Éramos apaches, pero respetábamos la ley. Le hicimos un juicio, con defensor y todo. Por supuesto, aunque las acusaciones eran vagas e inconsistentes, las posibilidades de ser liberada de culpa y cargo eran nulas. Lamentablemente, cuando el juez se expidió se la condenó a la horca. Tal cual corresponde, le atamos las manos a la espalda y la colgamos del cuello en lo alto de un peral. Cuando mi prima la vio, casi se muere de la desesperación.
Hubo muchas otras travesuras del mismo tenor que hoy suelen ser recordadas en las mesas familiares, cuando nos juntamos. Los hijos y los nietos de mis primas nos miran asombrados e interrogantes, abriendo mucho los ojos. Esas cosas ya no ocurren, los apaches se han extinguido en esta zona de Sudamérica sin dejar rastros en los libros de antropología. Nosotros callamos, ponemos nuestra mejor cara de "yo no fui" y seguimos comiendo los tallarines.

Un domingo de verano estábamos, toda la familia, en el Aero Club. En ese entonces era muy común ir a ese lugar los días feriados. Mi padre estaba junto a la camioneta, con unos prismáticos que había comprado recientemente, mirando a los aviones que aterrizaban y despegaban. De pronto, mientras seguía a uno que acababa de despegar, bajó los prismáticos y gritó:
- ¡¡Se cayó el avión!! - y subió a la camioneta poniéndola en marcha.
Nosotros saltamos detrás y salimos hacia el lugar de la caída. Era a unos doscientos o trescientos metros, pasando la calle Uspallata, por una huella que bordeaba el río Atuel. Cuando llegamos, unos hombres estaban cargando a los dos heridos en la parte trasera de un camión sin barandas. El avión, un Piper de dos plazas alineadas, de doble comando, estaba clavado de punta en el suelo salitroso. Luego supimos que uno de los ocupantes era Enrique Starman, un industrial de Real del Padre y el otro, Juan Martínez, un reconocido instructor de vuelo. Ambos salvaron la vida, pero Juan Martínez quedó con graves secuelas físicas que le impidieron volver a volar. Muchos lo deben recordar vendiendo lotería o efectuando cobranzas en una bicicleta. Vivió muchos años más en una casa que está situada junto al río, a la derecha, inmediatamente pasando el puente, junto a una estación de servicio.

Nombré a mi Río Atuel y regresaron a mí esas tardes de verano en que, con mis hermanos y algunos amigos, íbamos a bañarnos o a pescar en sus tranquilas aguas. (Entre los que nos acompañaban era infaltable Juan Carlos López, eterno compinche y cómplice de muchas de nuestras aventuras.) En esos años mi río tenía un cauce natural, logrado a fuerza de siglos y siglos cavando en la arena siempre buscando los sectores más bajos, a veces retrocediendo e insistiendo nuevamente a pocos metros, formando un recorrido serpenteante que, desde el dique derivador Rincón del Indio en adelante y hasta la última toma de Carmensa, nos conocíamos de memoria. En los recodos se formaban hondos remansos donde las posibilidades de pescar aumentaban. En algunos de estos lugares había grandes sauces, muy valorados a la hora de la siesta y casi siempre ocupados desde temprano por quienes vivían más cerca. Allí, si encarnábamos los anzuelos con lombrices, podíamos aspirar a pescar alguna trucha de mediano tamaño; en cambio, si lo hacíamos con masa de harina (saborizada con aceite de anchoas) solíamos sacar grandes carpas, mucho menos sabrosas, pero más espectaculares en el momento de mostrarlas. Cuando, a la hora de la siesta, disminuía la cantidad de piques, nos metíamos a bañar. Había grandes pozos de dos o más metros de profundidad y todos conocíamos casos de gente que se había ahogado en ese río. Para graficar mejor, recuerdo haber visto a hombres adultos largándose de cabeza desde arriba de un sauce, saliendo luego airosamente a la superficie sin haber tocado el fondo. En esa época aún no se había construido el dique de Valle Grande. (Tuve oportunidad de conocer ese hermoso lugar cuando recién comenzaba a levantarse el paredón.) Todo el caudal que salía por los ya famosos "chorros" del Nihuil llegaba intacto y pasaba costeando nuestra ciudad. En las diversas tomas se le extraía una parte para riego, pero el excedente que pasaba hacia Carmensa era cuantioso. Hoy todo el paisaje que significaba mi río se ha reducido y cambiado, el cauce ha sido canalizado en forma recta dejando de lado los sauces y el panorama natural que lo embellecía y distinguía. Pero allí no termina la cosa: en los últimos años se ha estado construyendo un canal marginal que esquiva el agua salitrosa de los pantanos y la laguna llamada Las Aguaditas, y llega hasta el dique Rincón del Indio. Una segunda etapa de ese canal llega hasta Carmensa. Lo que queda de mi río terminará inevitablemente convertido en un simple y desabrido canal de cemento. Seguramente todo aquel que tenga una finca en ese distrito y lea esto se acordará de mi madre. No me importa, pienso, digo y repito desde aquí que es una barbaridad que se toque (en este caso se destruya) un paisaje natural semejante, detrás de utópicas ganancias materiales. Aunque sé que me estoy quejando inútilmente y tarde, (pues las obras están en construcción y muy adelantadas) daría cualquier cosa para evitar que mis nietos conozcan por los libros o por fotos de museo que alguna vez existió un río llamado Atuel. Vamos a otro tema, mi río ya está condenado con sentencia firme.


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